viernes, 30 de octubre de 2009

El ojo de la aguja

Nadie es perfecto, ni siquiera yo. Una prueba de mi imperfección es que cada día soy más anticlerical. Respeto sinceramente las creencias de cada cual pero estoy convencida de que todas las iglesias persiguen el poder y hacer negocio. Por lo que alcanzo a ver y por lo que la historia enseña suelen alcanzar ambos fines.

Estimo, por tanto, que la influencia eclesiástica es perniciosa. Incluso las manifestaciones aparentemente inocuas acaban resultando perversas. Ahí está el caso de las parábolas. En una primera lectura parecen historias ingenuas, inocuas, hasta infantiles. La realidad demuestra que esconden un peligro evidente.


Para no alargarme, señalaré la máxima evangélica de que es más fácil que un camello pase por ojo de una aguja a que un rico acceda al reino de los cielos. A simple vista, parece un manifiesto a favor de lo que ahora llamamos clases desfavorecidas, que vienen a ser los pobres de siempre. Pues nada de eso. En realidad es un estímulo para la rapiña.


A ver si me explico. A los creyentes cristianos pobres se les ofrece la esperanza permanente del paraíso en el más allá, de la misma manera que a los creyentes islámicos se les ofrecen las alegrías de una vida disipada en compañía de huríes al peso. En consecuencia, unos y otros, los pobres del mundo unidos, procuran, en la medida de lo posible, atenerse a las normas de sus respectivas religiones para asegurarse el bono vida eterna feliz en el más allá.


¿Y los ricos? ¿Qué hacer cuando de antemano sabes que no vas a pasar por el ojo de la aguja? Algunos, los menos, deciden donar sus bienes a causas nobles y retirarse del mundanal ruido. Optan por una vida discreta y ascética aquí para garantizarse la gloria eterna allá. Son una minoría.


La mayoría asume estoicamente su destino y, puesto que están condenados indefectiblemente, de perdidos al río. O sea, transforman su fatalidad en oportunidad y se dedican a la rapiña de manera más o menos discreta. Últimamente han sustituido la discreción por ímpetu y el comedimiento por la desmedida. Lo quieren todo y lo quieren todo rápido.


Su avaricia, la avaricia y la prisa de los ricos que pueblan la tierra, ha conseguido cargarse el sistema que aparentemente sostenía la economía capitalista. Cargarse el sistema quiere decir que el coste del destrozo ha recaido una vez más sobre los que menos tienen. Se han destruido empleos, ha aumentado el coste de las viviendas, el coste de la vida. Es verdad, también algunos de los ricos, muy ricos son ahora un poco menos ricos. Quienes tenían 1.000 millones tienen sólo 999. Lástima. Pero se cobrarán a su tiempo los daños colaterales. Ya lo verás.