viernes, 6 de mayo de 2011

Memorial de agravios

Cuando nuestros amigos se van trato de conciliar el sueño pero estoy totalmente desvelada. Al cabo de un rato, noto que mi chico duerme porque resopla plácidamente. Y me pongo a darle vueltas a la cabeza. Pienso en la boda, repaso lo que me compete y llego a la conclusión de que tengo todo organizado. Reviso mentalmente la relación de invitados y me alegro de la oportunidad de encontrarme con familiares y amigos a los que hace tiempo que no veo.

Y, aunque trato de evitar pensar en ellos, acabo volviendo a los santos padres vascos. Tiene razón mi chico. Lo mejor es no darse por aludidos. Eso no impide que, puesto que nadie me oye ni me lleva la contraria, aproveche para hacer una lista con los improperios que les dirigiría de buena gana:

- Atontaos

- Estreñidos

- Malfollá

- Meapilas

- Pandapijos

Se me ocurren muchos más pero, en vez de contar ovejas, me dedico a ponerlos por orden alfabético. En eso se entretiene mi chico cuando no puede dormir. Busca palabras que sólo tengan la vocal a -como almadraba- o sólo e - como bereber – y así hasta que se duerme.

Pero yo no consigo dormirme. Por eso sigo dándole vueltas al coco. Se me ocurren unas diez maneras de dar en los morros a los consuegros. Por idiotas. Cuando empiezo a desbarrar me doy cuenta de que a ese paso no sólo no me voy a dormir sino que me voy a poner de mal humor y mañana tendré ojeras. Que es lo que me faltaba al lado de las dos estheticien victims que me acompañan.

Mi chico sigue resoplando plácidamente y yo totalmente espabilada. Doy otra vuelta a los consuegros. Mira que irnos a tocar estos… Con la cantidad de novias que ha tenido el Heredero para al final ir a caer con éstos. Y entonces, me acuerdo de la boda de Ricardo, el hijo de mi amiga Carmela, con Chelo.

A Carmela la llamamos la Coronela. No a sus espaldas, a la cara. Carmela, la Coronela. Por dos motivos: porque es viuda de un coronel y porque lleva un militar incrustado en el adn. Carmela es buena persona, tiene buen corazón, buenos sentimientos, con una condición: siempre tiene razón. El mundo entero, la vida, la suya y la de los demás, están sujetas a unas reglas precisas e inmutables de las que únicamente ella tiene las claves. Argumenta que la milicia fija normas y delimita pautas de comportamiento que, si fueran seguidas sin abdicaciones, propiciarían un desarrollo armónico del universo. Del universo suyo, con toda certeza.

Da lo mismo que argumentes que ese es un criterio que puede ser válido para ella pero que no tiene por qué ser aceptado de forma acrítica. Ella te escucha atenta y educadamente, te permite argumentar y, cuando has terminado, te dice que con esa teoría tuya el mundo está abocado al caos absoluto.

Carmela tiene a gala su alta estirpe aunque en la realidad procede de una familia de clase media. Con ínfulas, pero burguesía de medio pelo. Hija y nieta de militares, no profesó en la milicia porque en su juventud ese era un terreno vedado a las mujeres pero, a cambio, casó con un militar con un espíritu infinitamente más civil que ella.

Enviudó del coronel poco después de cumplir 40 años. A sus tres hijos, dos chicos y una chica, les ha inculcado el espíritu militar con desigual resultado. Sólo la hija ha heredado las ínfulas marciales. Los chicos son de carácter afable, tolerantes y escasamente belicosos.

Ricardo es el menor. Era tan pequeño cuando murió el padre que quizá por eso es el más consentido. Le recuerdo más novias aún que al Heredero. Pero un día, de repente, se ennovió con una chica menudita, rubia y muy mona y en cuatro días dijeron que se casaban.

Chelo, la novia, es la menor de nueve hermanos. Su padre es un empresario, ya retirado, que hizo su fortuna –al parecer cuantiosa- con la compraventa de ganado. Vivió los años prósperos del mercado porcino. Él no oculta este dato, muy al contrario, se ufana de ello y lo cuenta como si fuera su segundo apellido. Sigue haciendo alarde de conocimiento del género y, a poco que te descuides, te explicará el símil entre el comportamiento animal y su correspondencia con la conducta humana. Lo que podríamos considerar un etólogo avant la lettre para Carmela no es más que un vulgar tratante.

Muy vulgar, a su manera de ver. Para señalar esta vulgaridad la Coronela señala dos ejemplos: el tratante lleva siempre un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón, debidamente sujetos por una goma -20 o 30.000 euros, aclara- y en navidad tiene por norma comer angulas que compra por kilos.

Cuando nos lo cuenta yo respondo que, con arreglo a esos parámetros, mi familia siempre ha sido finísima, pero jamás ha captado la ironía. Ella está persuadida de que corroboro su criterio.

Como en la boda que estamos a punto de celebrar, en la de Ricardo y Chelo acordaron que los hombres vestirían de chaqué. También el tratante, que es un hombre orondo y barrigudo, de cabeza grande, cuello corto y rostro coloradote. Además, era el padrino.

Huelga decir que Carmela puso objeciones sin cuento a aquél emparejamiento, que consideraba desigual, en detrimento de su hijo. Consideraba un desdoro que Ricardo se casara con la hija de un tratante. Pero se casaron. Y el día de la boda, la Coronela que era la madrina, al ver entrar en la iglesia a la novia del brazo de su padre, comentó sin recato aquello de aunque la mona se vista de seda, mona se queda y quien es un patán por mucho chaqué que se calce sigue siendo patán.

Como suele ocurrir, algún alma caritativa le fue con el cuento a Chelo que montó un pollo singular. Pero en vez de montárselo directamente a su suegra, se lo montó al pobre Ricardo quien, en vez de reconocer ante su ya mujer que su madre se había excedido, sacó a relucir un espíritu caballeresco trasnochado y defendió a la Coronela por encima de la lógica. El resultado fue una bronca descomunal que retrasó en dos días el inicio del viaje de novios y estuvo a punto de dar al traste con él definitivamente.

Cuando volvieron, la Coronela seguía allí. Y no hubo modo de arreglar los entuertos que ella organizaba. No pudieron, no supieron o no quisieron deslindar los terrenos y tres años más tarde se divorciaban. Quizá es verdad que tuvieran pocas afinidades pero no tuvieron oportunidad de comprobarlo, obligados a enfrentarse, capuletos y montescos de vía estrecha.

No, yo no voy a repetir la actuación de Carmela. Me digo que los santos padres son como si a la Miss le hubiera salido una verruga en el bigote: desmerece el conjunto pero sigue siendo suya. Mala suerte. Pero si el Heredero la ha elegido, pues aménjesús.

Lentamente, noto que me llega el sueño.

6 comentarios:

Tita dijo...

Muy buena conclusión. Y total, al no tener que hacer la prueba del pañuelo, la cosa no se va a enredar más todavía.

Vamos, ni que el heredero la fuera a repudiar ahora por haberse "entregado" ¡lo mismo está Gigi rezando porque eso no suceda!!

¿Ves? Seguro que ellos también estaban sin dormir. Que se fastidien, por pijipollas.

¡Besitos!

Pilar dijo...

Como decía mi abuela, cuando haces análisis de conciencia y decides lo correcto, el cielo te premia con bonitos sueños...si es que lo milagroso es que la Miss haya salido tan normal.

Besos

Cruela dijo...

Lo cierto es que es increíble que existan gente tan carca a esas alturas del siglo 21 pero oye que ellos se lo pierden debe de ser tan estresante vivir según el qué dirán todo el tiempo...
por cierto qué palabra con U usa tu chico?¿
Besis

Uma dijo...

lo fuerte es ue haya padres (y estoy con la Carmela) que se piensen con derecho a opinar sobre conyujes ajenos.
Y total la distancia es tu aliada ellos vascos y tu en Madrid, no tienes pq verlos nada de nada!
Por cierto me ha encantado tu titulo pq justo anoche M utilizó las mismas palabras para calmarme a mi...
Besos

Valdomicer dijo...

La historia de Ricardo y Chelo no es única. Conozco más de un caso, si no igual, muy parecido.
La intervención en la vida privada de los hijos puede ser fatal, como es el caso.

Tita dijo...

Ay que pena, desapareció tu post de Pasar haciendo caminos que Blogger no me dejó leer ¿no tienes copia?

Abrazos