viernes, 13 de mayo de 2011

Pasar haciendo caminos

Cuando todo ha terminado, echo mano de Antonio Machado. Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar, / pasar haciendo caminos, / caminos sobre la mar…
También la boda ha pasado. Se han terminado los preparativos, los nervios, las reuniones, las búsquedas, los encuentros, los viajes al pueblo. Ya ha pasado todo.

Como en una película, repaso las imágenes del jueves, cuando salimos de Madrid a comprobar que todo estaba a punto: la casa, la iglesia, el hotel, el restaurante, las tarjetas de distribución, la lista de las mesas… Todo en orden.

Lo hemos afrontado como si se tratara de un programa de la NASA, con rigor y disciplina: distribuir a los invitados de manera que todos se puedan encontrar cómodos, que no haya roces, que los mayores estén con los mayores y los jóvenes con los jóvenes, que los amigos y parientes de la novia no se empotren con los del novio. Que cada cual tenga un sitio relevante, que nadie se sienta postergado.

El viernes nos levantamos pronto para recibir a los familiares e invitados, que empiezan a venir pronto. Mi chico les había hecho un itinerario con mucho grafismo, muy atinadamente porque ninguno se pierde. Comemos ligerito porque todos tenemos que prepararnos concienzudamente.

El día ha amanecido nublado y a medida que va pasando la mañana se pone más oscuro. A las 3, llueve con ganas. A las 4 no ha escampado. La boda es a las 6. A las 5, mi cuñada sale a la calle, mira al horizonte y asegura que en un cuarto de hora va a escampar porque ha visto que por Borros viene claro. Efectivamente, cuando a las 5,30 nos disponemos a hacer el camino a la iglesia el cielo está azul, la atmósfera limpia y la temperatura es casi veraniega. Quedan cuatro charcos, que sorteamos con habilidad.

Antes de salir, el Heredero ha hablado con la Miss para coordinar su llegada, en la medida de lo posible, sin excesiva demora. Los vecinos nos esperan, agrupados en torno a la iglesia, todos bien trajeados. Hay un aire festivo en el pueblo.

No sé de qué habrán hablado los novios porque llevamos media hora esperando y la Miss no aparece. El Heredero carraspea de vez en cuando, como para aclararse la voz, pero permanece silencioso. Finalmente, aparece la comitiva de la novia. Suben la escalinata majestuosamente. La Miss está guapa, guapa, guapísima de verdad. Al Heredero se le cae la baba.

Porta las arras una niña rubita, vestida para la ocasión. Es la hija de una amiga, a la que la Miss quiere mucho. La niña se pone a jugar con la bandejita de las arras y éstas ruedan por el suelo. Finalmente, su madre le quita la bandeja y las monedas y me las da. Entonces, la niña nos hace una demostración de todo lo que se sabe: baila, canta, corre de un banco a otro, coge una flor de las que adornan los bancos, se la pone en el pelo… Decididamente, la niña va para actriz. O antisistema.
El ir y venir de la pequeña nos alivia la intensidad del momento, la emoción que a mí me ata la garganta.

¡Cuántas veces he pensado en este momento! ¿Cómo resolveremos estas celebraciones?, me preguntaba cuando nos separamos el ex y yo. Porque un divorcio no concierne sólo a la pareja –aunque debiera- sino a la familia, a los amigos, que se siente impelidos a tomar partido por uno o por otro. Mi familia dejó de hablarse con la del ex, algunos amigos comunes se distanciaron de mí y otros de él, añadiendo pérdida al quebranto principal.

En esta ocasión la vida ha jugado por su cuenta y el ex ha decidido desaparecer evitándome a mí el trance de tenerlo que ver y a mi familia la disyuntiva de saludarlo o ignorarle. No me parece que el Heredero esté muy afectado, así que miel sobre hojuelas, que diría mi madre. La ausencia del ex y su familia ha sido ocupada con mucha naturalidad por mi chico y la suya.

El cura les dirige un speech muy sentido que me pone de nuevo al borde de las lágrimas. Se dirige a los santos padres vascos y a mi chico y a mí, con nuestros propios nombres, a los novios, naturalmente, en un sermón muy cercano, nada ceremonioso. Me costó no llorar pero lo conseguí. Intenté sobreponerme a la emoción porque si hubiera consentido una lágrima, la primera, el resto hubiera caído como un torrente, se me hubiera corrido el rímel y habría acabado pareciéndome a la abuela de caperucita, que no es el caso.

A medida que va avanzando el tiempo me invade una serenidad y una placidez insospechada. Noto en el cogote la mirada y el apoyo de mi chico, que está tan emocionado como yo. Noto la presencia de mi familia, que se han desplazado de media España.

La ceremonia resulta de una sencilla solemnidad. Las mujeres, y algunos hombres, cantan las canciones litúrgicas con mucho empeño. Recuerdo al orfeón ausente y me digo que la ausencia es una decisión acertada porque, aunque la calidad musical es incomparable, de haber asistido no habrían cabido la mitad de invitados.

La aparición de los recién casados es saludada con disparo de cohetes. Todo el pueblo está en la explanada de la iglesia. Nos dirigimos a la plaza, donde se sirve un cóctel, muy bien organizado por el equipo de Mo, perfectamente secundados por una cuadrilla de voluntarios del pueblo. Mi chico está exultante. Mi suegro se interesa porque no falte el vino de su bodega, al que hacen los honores invitados y aborígenes.

Ponen la nota musical dos dulzainas y un tamboril. Recuerdo a mi abuela que usaba el dicho “como tamboril de boda”, para expresar lo que era necesario y también cuando alguien estaba siempre por medio. “Ya está aquí la Coletas, como tamboril de boda”, repetía. La Coletas era yo.

- Ya has casado al hijo, me dicen en el pueblo, como si me leyeran la buenaventura.

- No tengo yo la sensación de haberLO casado. Se ha casado él solito, respondo, por decir algo.

- Ya le tienes recogido, me dice Isidora, con todo candor. Lo que hubiera disfrutado tu suegra, de haber vivido, añade, y me obliga a desatar el nudo en la garganta por enésima vez en el día.

Los novios van de grupo en grupo, saludando a unos y otros.

Cuando se pone el sol emprendemos la marcha al restaurante, donde nos espera la plana mayor del estado noble vascón, con los santos padres al frente. A estas alturas del día creo haber cumplido con mi deber de madre y madrina y paso de tener que contemplar a los consuegros. Que cada palo aguante su vela.

Para mi familia y la de mi chico y para nuestros amigos ésta es una fiesta para disfrutar y pasárnoslo bien. A ello nos aplicamos a placer. La cena, muy bien, excesiva, como todo en las bodas, pero bien. (Con lo que sobró del menú podría comer el pueblo entero dos días).

Y, tras la cena, baile. A esas alturas, estoy totalmente liberada de responsabilidades así que, para no extenderme, diré que me bailé hasta la música del móvil. Aún así, me ganó mi chico que bailó hasta con la niña de las arras.

8 comentarios:

Pilar dijo...

Felicidades, enhorabuena, y todos los parabienes.

Ahora a descansar y a disfrutar de lo que la vida siga dejando en tu puerta, que si medimos por lo recibido, es siempre de muy buena cosecha.

Besos, "suegra"

Valdomicer dijo...

¡Ya pasó todo!
Ahora solo nos queda saber en qué acaba lo de los terrenos de labor, que lo de la boda, nos lo imaginamos.

LOLA dijo...

Me ha encantado como describes todo, parecia que lo estaba viendo en primera persona!. enhorabuena y ahora a descansar. un saludo.

Uma dijo...

enhorabuena coletas!! espero q sean muy felices y a ls vascos q les den!

Tita dijo...

Me encanta bailar en las bodas. Me encanta como ha ido todo, y lo bien que lo has contado. Me encanta de las bodas, que cuesta tanto prepararlas, y va todo tan al dedillo...que luego solo queda disfrutarlo, todo sobre ruedas

¡Vivan los novios!

Pilar dijo...

otra vez muchísimas felecidades a los ya no novios y a todos los demás, que majos los del pueblo :)

y ahora a descansar....

Valdomicer dijo...

¡Qué rabia! ¿Verdad?
Hay quien ha recuperado la entrad y ahora la tiene "repe". Lo que no se han recuperado han sido los comentarios.
Yo no recuerdo qué te decía pero debía tener relación con la foto de la pamela.

Uma dijo...

hola?? por donde andas?? ¿estas bien?