
Decimos fatalidad y evocamos el fathum latino, el hado, el destino, lo inevitable.
La fatalidad.
Hay hechos que responden claramente a la fatalidad. Es el caso de esos tipos que pierden el avión y cogen el siguiente, que se estrella en alta mar llevándose a la tumba a todos sus ocupantes. Estaba escrito, dicen los mayores.
La concatenación de desgracias, de tragedias que están ocurriendo en Polonia en los últimos días solo puede obedecer a la fatalidad.
Polonia fue el primer país en desengancharse de la tutela de la antigua Unión Soviética de Repúblicas Socialistas, la vieja URSS. El hecho de que lo hiciera de la mano del sindicato Solidarnos y con la inestimable ayuda económica de la iglesia católica – que todavía está pagando los platos rotos de aquella financiación impulsada por el Papa polaco Juan Pablo II – no merma un ápice el valor de los polacos y su aprecio por las libertades democráticas.
Bien es cierto que la historia les ha ofrecido motivos para que aprecien el valor de una vida sosegada.
La segunda guerra mundial empezó sobre esa tierra cuando Hitler tomó la decisión de invadir Polonia, el 1 de septiembre de 1939. Durante la contienda el país fue masacrado pero, entre todas las penalidades consecuencia de la guerra, un hecho destaca en la memoria de los polacos por su magnitud y la crueldad. El bosque de Katin.
En Katin, en la primavera de 1940, 20.000 prisioneros de guerra fueron ejecutados fríamente por el ejército ruso, siguiendo las órdenes de Stalin, y el crimen fue atribuido a los alemanes. Este hecho ha envenenado las relaciones de los polacos con los rusos que reprochaban a los sucesivos gobiernos rusos la persistencia en la mentira.
Hubo que esperar a Gorbachov, en 1990, para que Rusia reconociera oficialmente la responsabilidad en la masacre. El gobierno ruso admitió la autoría pero no se atrevió a dar el paso siguiente: pedir disculpas por lo ocurrido y homenajear a los asesinados.
Han tenido que pasar otros 20 años y 70 desde que ocurrieron los hechos para que el presidente Putin tomara la iniciativa de rendir homenaje a los polacos muertos en Katin.
El acto se había fijado para el sábado 10 de abril en el mismo bosque de la matanza. Deberían acudir las primeras autoridades rusas y polacas. Los hechos son harto conocidos.

El presidente de Polonia, Lech Kaczynski, hermano gemelo de Jaroslaw, el que fue primer ministro, - y dime tu cuántos casos conoces de gemelos que dirijan un país – el gobernador del banco central, el jefe del estado mayor del ejército y un montón de familiares de los muertos a los que se iba a homenajear viajaban en el mismo avión. Sobre la zona había niebla y los controladores ordenaron al piloto que se desviara al aeropuerto de Moscú. El piloto se empecinó en aterrizar en Smolensks, la ciudad más próxima a Katin. Abundan las sospechas de que fue el propio Kaczynski quien ordenó la maniobra que resultó mortal para asegurarse su participación en el homenaje.
De quienquiera que fuera la idea se llevó por delante la vida de casi un centenar de personas y dejó al país en estado de shock, que no es para menos.

Voy a pasar por alto el pequeño detalle de que algún inspirado tuviera la idea de enterrar los restos del Kaczynski “bueno” y de su mujer María Kaczynska – los gemelos han dado sobradas pruebas de ser dos tipos de aúpa pero el que ha quedado es el más borroka de los dos – en el Castillo Wawl de Cracovia, donde están enterrados los restos de los reyes y héroes nacionales, decisión que ha dividido en dos a la sociedad polaca: los que están a favor y los que creen que haberse estrellado no es lo bastante meritorio para ser enterrado en el equivalente al Escorial español.
O sea, que por si no fuera suficiente con el drama de Katin y con el cisco que ha dejado montado el presidente de cuerpo presente, resulta que en Islandia entra en erupción un volcán de nombre imposible – Eyjafjallojokull - que llevaba dormido 190 años y sus cenizas se esparcen por los cielos de Europa. Un volcán que está a 3.000 kilómetros de Polonia pero que ha tenido la virtud de paralizar el tráfico aéreo de medio mundo y ha dejado en tierra a la mitad de los jefes de Estado que iban a ir al entierro de Kaczynski.
Eso es lo que yo llamaría fatalidad.









