sábado, 17 de abril de 2010

La fatalidad


Decimos fatalidad y evocamos el fathum latino, el hado, el destino, lo inevitable.

La fatalidad.

Hay hechos que responden claramente a la fatalidad. Es el caso de esos tipos que pierden el avión y cogen el siguiente, que se estrella en alta mar llevándose a la tumba a todos sus ocupantes. Estaba escrito, dicen los mayores.

La concatenación de desgracias, de tragedias que están ocurriendo en Polonia en los últimos días solo puede obedecer a la fatalidad.

Polonia fue el primer país en desengancharse de la tutela de la antigua Unión Soviética de Repúblicas Socialistas, la vieja URSS. El hecho de que lo hiciera de la mano del sindicato Solidarnos y con la inestimable ayuda económica de la iglesia católica – que todavía está pagando los platos rotos de aquella financiación impulsada por el Papa polaco Juan Pablo II – no merma un ápice el valor de los polacos y su aprecio por las libertades democráticas.

Bien es cierto que la historia les ha ofrecido motivos para que aprecien el valor de una vida sosegada.

La segunda guerra mundial empezó sobre esa tierra cuando Hitler tomó la decisión de invadir Polonia, el 1 de septiembre de 1939. Durante la contienda el país fue masacrado pero, entre todas las penalidades consecuencia de la guerra, un hecho destaca en la memoria de los polacos por su magnitud y la crueldad. El bosque de Katin.

En Katin, en la primavera de 1940, 20.000 prisioneros de guerra fueron ejecutados fríamente por el ejército ruso, siguiendo las órdenes de Stalin, y el crimen fue atribuido a los alemanes. Este hecho ha envenenado las relaciones de los polacos con los rusos que reprochaban a los sucesivos gobiernos rusos la persistencia en la mentira.

Hubo que esperar a Gorbachov, en 1990, para que Rusia reconociera oficialmente la responsabilidad en la masacre. El gobierno ruso admitió la autoría pero no se atrevió a dar el paso siguiente: pedir disculpas por lo ocurrido y homenajear a los asesinados.

Han tenido que pasar otros 20 años y 70 desde que ocurrieron los hechos para que el presidente Putin tomara la iniciativa de rendir homenaje a los polacos muertos en Katin.

El acto se había fijado para el sábado 10 de abril en el mismo bosque de la matanza. Deberían acudir las primeras autoridades rusas y polacas. Los hechos son harto conocidos.


El presidente de Polonia, Lech Kaczynski, hermano gemelo de Jaroslaw, el que fue primer ministro, - y dime tu cuántos casos conoces de gemelos que dirijan un país – el gobernador del banco central, el jefe del estado mayor del ejército y un montón de familiares de los muertos a los que se iba a homenajear viajaban en el mismo avión. Sobre la zona había niebla y los controladores ordenaron al piloto que se desviara al aeropuerto de Moscú. El piloto se empecinó en aterrizar en Smolensks, la ciudad más próxima a Katin. Abundan las sospechas de que fue el propio Kaczynski quien ordenó la maniobra que resultó mortal para asegurarse su participación en el homenaje.

De quienquiera que fuera la idea se llevó por delante la vida de casi un centenar de personas y dejó al país en estado de shock, que no es para menos.


Voy a pasar por alto el pequeño detalle de que algún inspirado tuviera la idea de enterrar los restos del Kaczynski “bueno” y de su mujer María Kaczynska – los gemelos han dado sobradas pruebas de ser dos tipos de aúpa pero el que ha quedado es el más borroka de los dos – en el Castillo Wawl de Cracovia, donde están enterrados los restos de los reyes y héroes nacionales, decisión que ha dividido en dos a la sociedad polaca: los que están a favor y los que creen que haberse estrellado no es lo bastante meritorio para ser enterrado en el equivalente al Escorial español.


O sea, que por si no fuera suficiente con el drama de Katin y con el cisco que ha dejado montado el presidente de cuerpo presente, resulta que en Islandia entra en erupción un volcán de nombre imposible – Eyjafjallojokull - que llevaba dormido 190 años y sus cenizas se esparcen por los cielos de Europa. Un volcán que está a 3.000 kilómetros de Polonia pero que ha tenido la virtud de paralizar el tráfico aéreo de medio mundo y ha dejado en tierra a la mitad de los jefes de Estado que iban a ir al entierro de Kaczynski.

Eso es lo que yo llamaría fatalidad.

martes, 13 de abril de 2010

España mañana será republicana



Se cumplen este 14 de abril de 2010 79 años de la proclamación de la segunda República española, tras las elecciones municipales que dieron la mayoría a las izquierdas.

En puridad, lo que se dilucidaba en las urnas el 12 de abril de 1931 era la composición de los ayuntamientos, si bien la victoria de los partidos republicanos en los núcleos urbanos de mayor población fue tan abrumadora sobre los partidos monárquicos que el rey Alfonso XIII no tuvo más remedio que hacer la lectura correspondiente y el 14 de abril abandonó el trono marchando al exilio, de donde nunca más volvió, proclamándose ese mismo día la 2ª República española.

La República abogó desde el primer momento por una modernización de las estructuras económicas para sacar a España de la profundidad de un sistema caciquil y arcaico. Su apuesta por la reforma agraria fue interpretada como una amenaza por los grandes propietarios de tierras – la Iglesia y los latifundistas – que vieron en la República un riesgo para sus privilegios. Ello, unido a los errores de los partidos de izquierda, empeñados en una disputa suicida sobre galgos o podencos, llevó al fracaso a aquel primer intento de modernización de España.

Sin embargo, a pesar de las amenazas interiores y exteriores que cercaron a la República, aquellos años permitieron entrever lo que pudo haber sido y no fue. Las mujeres ganaron por primera vez el derecho al voto. La ciencia y la cultura brillaron como no lo habían hecho antes y como tardarían muchos años en volver a hacerlo. Se extendió la alfabetización a lugares donde las letras eran un lujo. Se iniciaron campañas de salud en los núcleos rurales donde reinaba la incuria más absoluta. Se mejoraron las condiciones laborales de miles de trabajadores.

Empero, la República cometió algunos errores de bulto. El primero, ya se ha dicho, es achacable a algunos de los partidos de izquierda, ciegos y sordos a la realidad nacional. El segundo: la confrontación con la Iglesia. Es verdad que los ataques fueron minoritarios, cometidos por grupos incontrolados. Pero el clero – alineado, para variar, con las fuerzas más reaccionarias – pudo esgrimir aquellos ataques como heridas de una guerra en la que la institución fue más verdugo que víctima y mantenerse aferrada a unos privilegios de los que aún hoy no se ha desprendido.

El tercero y definitivo de sus errores fue su debilidad ante el ejército. Unos militares bravucones, corruptos, mal formados y peor pagados, que se habían forjado en la guerra de África y que habían tenido en el rey destronado su principal valedor. El Gobierno de la República no supo o no pudo desarticular aquel nido de corrupción y golpismo, primero, y, en julio de 1936 no alcanzó a calibrar el peligro de la asonada militar.

La confluencia de sus errores con las fuerzas contrarias acabó con el único intento real de llevar a España a la modernidad. Todavía estamos pagando las consecuencias de aquel fracaso.


Con todo, me parece que seguimos abundando en errores antiguos cuando asimilamos la idea republicana con la nostalgia y el pasado. A mi manera de ver, los ideales de la República son los de una sociedad avanzada y de progreso, los ideales de la Revolución Francesa: un nuevo contrato social que destierra privilegios de cuna y ofrece las mismas posibilidades a cada ciudadano. La República no es sólo, aunque también, una forma de Estado que descarta la permanencia en el poder por razones hereditarias, derivadas de los derechos de bragueta, como atinadamente definió hace años el entonces senador Juan González Bedoya.

La República supone la dignificación de la política, la asunción de responsabilidades colectivas. “Nadie debiera extrañarse de un esfuerzo tricolor por cambiar la Constitución para dignificar las reglas públicas de la convivencia”, escribía el pasado domingo Luís García Montero, en un artículo de Público que titulaba “La tradición republicana como futuro”. A lo que sólo me queda añadir que aménjesús.

lunes, 12 de abril de 2010

Mi narguile en Ramalla



Estamos acostumbrados a que los medios de comunicación nos suministren información de lo que ocurre en prácticamente cualquier lugar del mundo. Un accidente, un terremoto, inundaciones, un atentado lo conocemos casi en tiempo real. La demostración más rotunda de la globalización de la información fue el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Lo vimos en vivo y en directo.

He dicho información y debería añadir algunas puntualizaciones. En el ataque a las torres, como en cualquier otro foco noticioso, conocemos aquello que los editores quieren que conozcamos. Ni más ni menos.

En Nueva York, por ejemplo, no vimos ningún fallecido. En Haití, en cambio, hemos visto los cuerpos destrozados por el terremoto. ¿Por qué? Porque la prensa nunca es neutral y responde a los intereses de cada país, de cada grupo mediático o de presión. Eso, que intuimos a veces, lo comprobamos cuando tenemos oportunidad de conocer el terreno donde nacen las noticias.

He sido lectora de El País desde su fundación hasta hace pocos años. Me dí de baja como suscriptora y, aunque lo compro de vez en cuando, tengo una cierta reticencia hacia sus actuales responsables. No me gusta cómo se posiciona en relación a asuntos cruciales sin proporcionar a sus lectores las razones de esa posición.

Esa reticencia no impide que respete a alguna de sus firmas. Enric González me parece un buen periodista, de los de la vieja escuela, de los que explican por qué dicen lo que firman, de los que acuden a las fuentes y contrastan su información. Este periodista es el corresponsal de El País en Israel.

Palestina es una tierra de resonancias especiales para mí y creo que para quienes hemos sido educados en la religión cristiana. Más allá de cómo hayan evolucionado nuestras creencias con los años, hay nombres unidos indefectiblemente a nuestra infancia, a la maestra querida, a nuestros padres, nuestros abuelos: Belén, Nazaret, Tiberiades, Jerusalén…Yo siento que tengo una vinculación afectiva con aquella tierra y con su toponimia.

He tenido oportunidad de recorrer la Palestina ocupada y el Israel ocupante y de vivir experiencias que no olvidaré jamás.


Como soy una tía con suerte, he tenido el privilegio de hablar con parlamentarios judíos y con dirigentes palestinos, y con ciudadanos de a pie de ambos pueblos, que apuestan claramente por la paz y por el entendimiento.


He tenido la ocasión de ver con mis propios ojos lo que sucede en las ciudades israelíes y en los campos de refugiados palestinos, de comprobar cómo Israel ha levantado un muro más cruel y eficaz que el de Berlín sin que ni la ONU ni Estados Unidos – el primo de zumosol de los judíos - hayan tomado medidas para evitarlo.


He visto, he constatado, y he oido cómo lo corroboraban autoridades con capacidad para denunciarlo, que en Israel hay una crisis de derechos humanos.


Guardo un recuerdo imborrable de un encuentro con mujeres de una cooperativa de Kalandia, cuya responsable nos confesaba - al grupo de mujeres que formábamos la expedición – que en toda su vida no había conocido un día de paz y que había perdido la esperanza de vivirlo.


En ese mismo lugar, muy cerca de Jerusalén pero aislado por un muro y por un control más riguroso que cualquier frontera, hay un campo de refugiados donde se hacinan miles de familias que fueron trasladadas allí hace sesenta años y allí permanecen como si el tiempo y el espacio hubieran hecho un paréntesis caprichoso y se hubiera olvidado de ellas.


Los habitantes de los campos de refugiados no tienen los mismos derechos que sus vecinos de las ciudades próximas. Carecen de pasaporte y no pueden obtener trabajo fuera del campo. Dependen de las ayudas de Naciones Unidas y están sometidos a los controles y presiones de la administración israelí más aún que el resto de palestinos porque son más vulnerables. Recorrer un campo de refugiados es una experiencia difícilmente olvidable.

Pude ver allí cómo los niños crecen sin más horizonte que la desesperación porque Israel les impide incluso la asistencia a las escuelas.


Pude hablar con padres que han visto morir a hijos adolescentes por disparos del ejército israelí que responden con disparos a las pedradas de estos jóvenes. Pude comprobar en esa visita que la realidad tiene muy poco que ver con la información que proporcionan la mayoría de los medios.

Un poco más allá de Kalandia se levanta Ramalla, la capital administrativa de la Palestina teóricamente autónoma, el enclave donde vivió aislado sus últimos años Yasser Arafat, el fundador de la Organización para la Liberación de Palestina, hostigado por los tanques de Israel en su refugio de La Mukata, convertido hoy en un hermoso parque.


Lo primero que sorprende de la ciudad es su dinamismo, su movimiento continuo, la riqueza y abundancia de sus tiendas.


Frente a la aspereza de Jerusalén – donde los radicales judíos dificultan el desenvolvimiento cotidiano de una ciudad moderna – Ramalla aparecía como una ciudad acogedora, tolerante, divertida y actual.


De hecho, allí fue donde me fumé mi primer narguile. Yo, que hace 38 años que no fumo.
- No os engañéis, nos dijeron entonces los palestinos con los que hablamos, Ramalla es la excepción en Palestina. Es la válvula que nos consiente Israel porque le conviene a sus intereses y a nosotros nos permite mantener viva la ilusión de que así podría ser nuestra vida si algún día la consiguiéramos la paz.


Enric González publicaba en la edición dominical de El País de ayer un artículo, “Ramalla brilla en el escaparate”, donde corrobora aquella impresión mía.


Te lo aconsejo, si tienes un rato. Leerlo ha sido doblemente satisfactorio para mí. Me ha permitido refrescar mi recuerdo de Ramalla y corroborar la opinión que tengo sobre el valor testimonial y didáctico de un buen periodista.

sábado, 10 de abril de 2010

Lo más normal


Me gusta utilizar el transporte público, especialmente el metro. En Madrid, al menos, funciona razonablemente bien, si no entramos en detalles.
Me gusta el transporte público por lo que tiene de confortable que te lleven en vez de conducir y porque puedo usar ese tiempo para leer, que es uno de mis vicios confesables.
Pero también me gusta porque, si te paras a observar, es un escenario apasionante. Cientos de personas de procedencias casi infinitas se cruzan a diario en mi trayecto de ida o de vuelta.


Yo soy un poco peliculera, es verdad, y me dejo llevar por la imaginación. Imagino cómo será la vida de esas personas, de donde vendrán, cómo habrán llegado hasta aquí, en qué trabajarán, qué ilusiones los empujarán. A partir de su apariencia, de su edad, de un gesto de cansancio o de una sonrisa, elaboro teorías acerca de cómo será la vida de mis compañeros de viaje.


No tengo ni idea de cuáles son mis aciertos pero tengo constancia de alguna equivocación radical. Me ocurrió con dos chicos que siempre iban juntos y a los que identifiqué como una pareja gay. Estaba segura, me parecía que daban el físico – idea tonta donde las haya – que se intercambiaban miradas tiernas. Hasta que un día los encontré acompañados de una señora que resultó ser la madre de ambos, como pude oir claramente en la conversación que sostenían. Así que eran hermanos y no pareja.
Últimamente, me cruzo casi a diario con una joven morena, menuda y sonriente que, como yo, se baja en la estación de Nuevos Ministerios. A esa hora temprana de la mañana - hace tiempo que cantó el gallo, pero no deja de ser madrugón - la mayoría de gente llega malencarada, salvo ella, que siempre sale sonriente, camino de dondequiera que vaya.


Calculo que debe tener veintipocos años. Me entretengo en imaginar dónde trabajará mi compañera de vagón. Pienso en sus padres, en cuánto les habrá costado la formación de esta hija, cuántas noches habrán pasado desvelados pensando si después de todo encontraría un empleo adecuado a su formación, si llegaría a ser autónoma, autosuficiente.


Cuando el tren no va muy lleno, ambas nos colocamos junto a la puerta y, en cuanto ésta se abre, ella sale disparada, andando rápida, con pasitos cortos, el bolso al hombro y en la mano una maletilla donde debe llevar la comida, sube andando por la escalera mecánica y se pierde por el hall de la estación. Siempre me toma varios metros de ventaja. Lo normal, ella es más joven.



Pienso, sobre todo, en sus padres porque mi compañera de trayecto es una joven con síndrome down. Imagino cuántas barreras habrán debido de superar ellos y la hija hasta llegar a ese momento en que la joven coge su bolso, su maletita y sale sola de casa, sube al metro, sale rápida y me toma la delantera. Hasta este momento en que su hija hace cada mañana lo que los demás hacemos cada día como lo más normal.

miércoles, 7 de abril de 2010

Nuestra memoria histórica

Lástima que la justicia sea una dama tan esquiva. Y tan sorda. Y tan ciega. Lástima que los españoles seamos tan olvidadizos. Lástima, además, que nuestra bravura se limite al 2 de mayo y se nos olvide el 3, el 4 y los días sucesivos.

Si de verdad fuéramos un pueblo justo y noble no habríamos consentido que los asesinos se transformaran en acusadores. Si tuviéramos un mínimo sentido de la ética, de la justicia y de la dignidad habríamos pedido cuentas a los responsables de los hechos que se narran en la investigación sumarial correspondiente al Juzgado Central de Instrucción de la Audiencia Nacional 53/2008E y no aceptaríamos lecciones de legalidad de quienes siempre actuaron al margen de la ley.

En ese auto se habla de asesinados sin procedimiento judicial y en tiempo de paz, de menores arrebatados a sus padres y entregados a familias adictas al franquismo (entre 1939 y 1949), se narran con datos y fechas desafueros cometidos por personas que se sabían protegidos por la impunidad que da una dictadura, muchos de ellos falangistas. Se habla de los asesinados en mi pueblo.

Los herederos de aquella ideología, los falangistas actuales, no sólo no han sufrido el más mínimo reproche moral sino que son quienes se han adelantado a denunciar al juez que se atrevió a recoger las denuncias formuladas por los herederos de las víctimas, las asociaciones de defensa de la memoria histórica, y a firmar el auto que acusaba a los criminales de sus crímenes.

No quiero erigirme en defensora del juez Garzón porque no es una figura que me guste especialmente. Creo que si la justicia española funcionara con arreglo a los parámetros de una sociedad democrática un juez no debería entrar y salir de la judicatura a la política y viceversa como quien bebe un vaso de agua. No hablo del juez. Hablo de nosotros, de los españoles que aceptamos que los falangistas y otros grupos claramente afines con la dictadura sean quienes acusen de delicuentes a quienes reclaman, nada más, que se conozca la identidad de quienes fueron raptados o asesinados y a éstos, que se les dé una sepultura digna.

Hablo de nuestra memoria colectiva y de mi propia memoria histórica.

La gente de la memoria histórica apareció años después de que Franco muriera tan ricamente en su cama. Tuvieron que ser los nietos quienes reclamaran la verdad de lo que ocurrió durante la guerra civil y después, quienes se preguntaran cuántos cayeron fuera del campo de batalla y dónde enterraron sus restos. Podían haber preguntado por la identidad de los asesinos pero no lo hicieron, sólo reclamaban el derecho de los suyos a descansar en paz y el de todos a conocer qué había ocurrido durante aquellos años estremecidos.

Mi pueblo fue uno de los primeros en ponerse en marcha para recuperar los cadáveres perdidos en las cunetas o en el monte. Un equipo de la Universidad apoyó los trabajos técnicos. Me ofrecí a colaborar con ellos desde el primer momento. Lo hacía por mí misma pero también por mis tíos, los padres de mi prima Merche, que se fue del pueblo en cuanto tuvo edad para trabajar y que vive en San Sebastián.

Cuando empezaron las excavaciones en el monte donde sospechábamos que estaban enterrados, le pregunté si quería reclamar los cadáveres de sus padres o prefería que lo hiciéramos a través la asociación.

- Déjame pensarlo, me dijo. Unos días después, me llamó por teléfono.

- Quiero ir yo misma a ver cómo sacan los cuerpos de la tierra, creo que es el último homenaje que puedo brindar a mis padres, también porque mis hijos tienen derecho a saber dónde están enterrados sus abuelos y que se reconozca que eran unas personas decentes.

Como no sabíamos de ningún objeto que los identificara tuvo que hacerse por el ADN pero, al fin, mis tíos pudieron ser enterrados en el cementerio. Al entierro vino Merche con su marido y sus tres hijos. Se hizo una inhumación colectiva, con presencia de políticos locales y provinciales y familiares de los asesinados. Mi prima se mantuvo muy serena, muy derecha, echó unas flores en la fosa y vi cómo guardaba un clavel en el bolso.

- Quiero ir a la casa de Felipe Antón, me dijo cuando terminó el acto.

A mí me entró un escalofrío porque, de toda la vida, en mi familia se había guardado como el mayor secreto que Felipe, un falangista que presumía de ser camisa vieja, había sido el instigador del asesinato de mis tíos, por el despecho de que la madre de Merche le rechazara para casarse con mi tío.

Era una historia vulgar y tópica de no ser porque les había costado la vida a ambos.

Felipe estaba muy mayor pero aún regía así que podía pasar cualquier cosa.

No hablamos una palabra en todo el camino. Cuando llamamos al timbre, el corazón me golpeaba en la blusa.

- ¿Qué queréis?, preguntó desabridamente su mujer al abrir la puerta.

- Quiero ver a su marido, respondió mi prima, y se dirigió hacia la puerta abierta del salón sin esperar permiso.

Felipe estaba sentado enfrente de un aparato de televisión apagado. Nos miró, primero a mí y luego a Merche. Estaba claro que sabía quiénes éramos.

- ¿Por qué?, dijo mi prima nada más.

- Porque quise y porque pude - Felipe se puso de pie con dificultad - y nadie en estos años ha tenido cojones para decirme a la cara otra cosa.

- Cuando se es un asesino, como cuando se es cojo o ciego, se sabe por sí mismo, no es necesario que se lo recuerde nadie, oí la voz de mi prima, con una serenidad que me resultaba desconocida. Cuando se ha matado como mataste tú, uno se levanta asesino cada mañana y, aunque le concedan la laureada, se muere asesino sin remedio, Felipe Antón. Yo no vengo a recordar tus crímenes, que bien sabes tú cuales y cuántos son, vengo a decirte que acabo de enterrar a mis padres como las personas decentes que eran, y eso es algo que nunca podrán decir tus hijos cuando te llegue la hora. Porque ellos, como tú y como todos los que te acompañen al cementerio, sabrán que están dando sepultura a un asesino.

No me atrevo a asegurarlo pero diría que hasta sonreía cuando se dio media vuelta, me cogió del brazo y enfilamos hacia la puerta.

- Eres igual que tu madre, murmuró Felipe, con un hilo voz.

El tiempo no siempre hace justicia, pero a veces sí, y entonces es maravilloso, leí una vez a Elvira Lindo. Debió de escribirlo pensando en ese momento.

martes, 6 de abril de 2010

Pasando lista


Hoy es día de datos. El sobresalto de cada mes, cuando se dan las cifras de paro y de afiliación a la S. Social. El mes pasado, Isaac Rosa, columnista de Público, escribió a propósito un artículo con tanto ingenio como mala sombra. Real como la vida misma. A saber, cómo han de retorcer el lenguaje los responsables políticos de las áreas torturadas de empleo y afiliación para no reconocer que el paro no acaba de parar.

Lo de hoy ha sido un trago a medias porque, efectivamente, el paro ha crecido en 35.988 nuevas altas pero la afiliación a la S. Social ha aumentado en 22.457 ocupados.

Así que esta mañana tempranito se ha repetido el rito mensual. Salen la responsable de empleo, doña Maravillas, y de S. Social, don Octavio, y hacen cuentas. Éste es un piquito de oro y vende bien su mercancía. Cuenta al personal que espera que “la tasa interanual esté en valores positivos a fin de año”, que “el sector servicios mantiene la pujanza”, “la industria continúa el ajuste”, “se refuerza la afiliación en actividades sanitarias” y que el “repunte se ha visto dificultado en el sector agrícola por las inclemencias climatológicas”.

Y concluye con la traca de buenas noticias, a saber, que “por primera vez en 23 meses se registra un incremento de la afiliación en el régimen especial de trabajadores autónomos”, que viene a ser la prueba del nueve “de que el ajuste ha tocado fondo”, que se registra un “incremento de afiliación de extranjeros” y que “crece la afiliación en 11 de las 17 autonomías”. En resumen, “que el sistema español de S.S. está dejando atrás con mucha velocidad los meses peores de la crisis económica” y que “hemos vuelto a cifras positivas en crecimiento de afiliación”. Amén Jesús.


La responsable de empleo suele ser afable en sus intervenciones ante los periodistas, a quienes habitualmente agradece “la amabilidad de su asistencia”. Hoy, ha ido directamente al grano y, después de un “gracias, buenos días” a secas, suelta el rosario de datos, a cual peor. Que con los 35.988 desempleados que se han sumado en marzo, el paro registrado alcanza a 4.166.613 personas, lo que en términos interanuales supone un aumento de 561.211 desempleados y una tasa del 15,5%.

Ahora bien, siguiendo la regla de oro enunciada por Isaac Rosa, doña Maravillas añade que, “siendo el dato negativo, confirma que se está frenando el crecimiento del desempleo” y se constata que “continúan los ajustes en el mercado de trabajo, si bien son cada vez más numerosos los signos que muestran una menor intensidad”.

En el turno de preguntas, uno y otra informan de que gracias al Plan E – sí, ese que ha abierto las venas de todos los pueblos de España - se han creado 400.000 puestos de trabajo y que en los primeros pasos del 2º Plan E, en el mes de febrero se han creado 35.000 nuevos empleos.

¿Cuantos trabajadores han encontrado empleo en el Programa de Protección por Desempleo e Inserción que puso en marcha el gobierno? El 16% de los que han participado. Y una nota de despedida: en febrero, 93.000 personas se dieron de baja en las listas del paro porque encontraron trabajo, más del doble de aquellas a las que se les agotó el subsidio.

Doña Maravillas está amable, como siempre, pero yo diría que triste. No está para ironías ni para corrillos. Se despide pronto, saludando cortésmente. Yo creo que aún le quedan dos meses de pasar lista pero, de hacer caso a los profesionales de las profecías, a cuatro no llegan.

Cuando pasa a la altura de mi mesa, en el largo pasillo de la tercera, creo apreciar en su cara una sonrisa triste. Lo que daría ella por dar un buen dato de empleo antes de irse…

domingo, 4 de abril de 2010

Gran Vía de Madrid (editado)


¿Qué son cien años para una calle? Una minucia. Así está de esplendorosa la Gran Vía de Madrid, que hoy cumple su primer centenario.

Esta calle, que enlaza la de Alcalá con la Plaza de España, ha tenido muchos nombres oficiales – Conde de Peñalver, Pi y Margall, Eduardo Dato, de la CNT, Avenida de México y de Rusia, de los Obuses, por la querencia de la aviación enemiga durante la guerra civil, de José Antonio - pero, para los madrileños, sólo uno: la Gran Vía.



La capital de España, que no suele ser muy cuidadosa con sus vías, ha pasado también por distintas fases: desde el mimo al abandono. Ahora hace el paripé del centenario para disimular que hasta anteayer tenía sus aledaños en el olvido absoluto. Así que disimularemos. Y, quienes podamos, disfrutaremos de las ventajas de un paseo, de poco más de un kilómetro, por esta joven centenaria.


Los puntos de interés son múltiples. Antes de dar el primer paso desde la calle de Alcalá, ya puedes hacer un alto si quieres ver el museo de relojes que ha ido formando la familia que ocupa la joyería Grassy.


Para una calle que estaba llamada a ser lo mejorcito de la villa, fueron convocados los arquitectos más afamados de la época: Ignacio de Cárdenas, los Février, los Zuazo, Muguruza, Laredo, Reynalds, Martínez Feduchi, Carrión…


El ábside del oratorio de Cabellero de Gracia es obra del arquitecto Villanueva y es monumento nacional.

Los muy modernos, encontrarán aquí lo último de la moda porque la Gran Vía es la calle comercial por excelencia, más que la calle Serrano, con un atractivo especial para el mundo guiri.


Los menos modernos, tienen una cita de Chicote – el del agasajo postinero con la crema de la intelectualidad. Por aquí han pasado todos los que han sido algo – desde princesas destronadas como Soraya hasta científicos como Fleming, el de la penicilina -. A falta de postinerías, de cremas y de intelectualidades, de princesas y de científicos, el visitante puede tomarse un cóctel, echarse una parrafada con los camareros o, simplemente, sentarse un rato a ver pasar a gente de medio mundo que a diario se da cita por aquí.


La Gran Vía fue hasta hace poco tiempo la calle de los cines. Donde se estrenaban las películas de moda. Hoy, los cines están en retirada en beneficio de las franquicias de moda y de los teatros musicales.


Ver el antiguo cine Avenida convertido en un H&M da un cierto yuyu, francamente. Y ve a contar a las mocitas y los zangolotinos que acuden a esta tienda que, aquí al lado, debutó y sentó sus reales allá por los años 50-60 del siglo pasado, un personaje atípico que se llamó Coccinelle, una transexual francesa que, según acabo de enterarme, murió en 2006.


Si tienes oportunidad, paséate con calma, con tiempo suficiente para leer los múltiples y variados letreros que cuelgan de sus fachadas. “La felicidad no se compra, se construye”, dice uno, sobre una entidad bancaria. Debe ser de antes de la crisis.


En otro edificio, una apelación poco tranquilizadora: “Si vis pacem, para bellum” (Si quieres la paz, prepara la guerra).


Si pretendes hacer una pausa, puedes toparte con alguien que duerme en el banco porque, otra de las características de la Gran Vía es que acoge por igual a los grandes magnates que a los desposeídos de la tierra.





Por acoger, acoge la administración de loterias de Doña Manolita donde, cada otoño, se forman largas colas de quienes pretenden hacerse con un décimo de premio seguro. Y donde tiene sus dominios uno de los pocos limpiabotas que quedan en Madrid.


Al llegar al edificio de la Telefónica, haz una pausa. Por aquí pasaron cientos de periodistas y escritores que escribieron sobre la guerra civil española. Hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales se dieron cita en este rincón de un Madrid que fue a ratos víctima y a ratos verdugo.


Si andas buscando un libro, aprovecha que has de pasar ante la Casa del Libro. Lo que no encuentres aquí, búscalo en la Cuesta de Moyano, que nace en la plaza de Atocha y rinde camino a las puertas del Retiro.

En fin, la Gran Vía es, a mi manera de ver, la calle más madrileña de Madrid.


“Cosa que puede poner en admiración a toda una universidad, por discreta que sea”, en palabras de don Quijote, recogidas en el cartel que se levanta en la esquina de los números impares con la calle Alcalá, muy cerca de donde podrás ver la minimaqueta que han descubierto los reyes, él, nieto de aquél otro que la inauguró, ayer hizo un siglo.