domingo, 23 de enero de 2011

La francesa

Termina la jornada de trabajo del viernes y salimos despepitados hacia Burgos.

- ¿Llevas la lista preparada?, pregunta Mamen.

- La llevo, respondo.

- ¿Qué has hecho estos días?, quiere saber.

- Pensar en la que se me avecina.

- ¡Qué pesada estás!

Charly aprovecha que mi chico ha encendido un pitillo para explicarle los beneficios – sanitarios y económicos - de dejar de fumar.
- Déjalo, ya Charly que no te va a hacer ningún caso, le aconseja Mamen.

- Yo lo que digo es que hay cosas peores y más contaminantes, se defiende el fumador.

- Pero el tabaco no beneficia a nadie más que a las empresas tabaqueras, insiste Charly.

Ya tenemos encauzado el camino. En este debate sin fin pueden emplear ambos horas eternas sin salirse del guión. Que sí, que no, que caiga un chaparrón.

- Yo seré pesada pero me parece a mí que algunas están exagerando lo que no es más que la organización de una boda. Una boda, hija, que esto no es la adhesión a la ONU, trato de defenderme.

- Yo no he dicho que seas pesada, digo que estás, que estás muy pesadita, guapa, que parece que nadie más que tú haya casado a un hijo, responde Mamen.

Cuando llegamos a Burgos el termómetro está a punto de caer bajo tierra, más que bajo cero. Hemos escogido para reunirnos el día más frío del invierno en la ciudad que acostumbra a dejarse las puertas abiertas para que el frío entre a sus anchas incluso en verano. Nos está esperando mi cuñada. Enseguida, llega la expedición vasca. La amiga de Gigi se llama Mo. Más o menos de nuestra quinta.

- ¿Mo es nombre vasco?, pregunta mi cuñada.

- Mo es en realidad Monique, explica la aludida.

- ¿También tienes una abuela francesa?, aventuro.

- No, todos mis abuelos eran vascos y mis padres también. Después de la guerra, la familia tuvo que refugiarse en Francia, donde nacimos mis hermanos y yo. Mi padre quiso ponerme Aránzazu pero mi madre, que estaba harta del exilio y de los vascos, decidió que tuviera un nombre francés. Consiguió que en el registro civil mi padre añadiera el Monique francés al Aránzazu vasco. Todo eso, para terminar llamándome Mo.

Monique, mira por dónde. Monique, era la francesita prototípica que, allá en los sesenta del pasado siglo, venía de fuera y se levantaba al chico que a ti te gustaba.

Recuerdo a mi amiga Alicia. Estaba enamorada como una becerra de un primo suyo. A todo esto, nosotras estábamos internas en colegio de monjas, sólo salíamos a la vida civil en vacaciones: navidad, semana santa y verano. Salíamos desenfrenadas, entendiendo el desenfreno en el contexto histórico años sesenta. O sea, veías un chico y se te aflojaban las piernas. A mí amiga Alicia se le caían hasta las tuercas.

Pasábamos el trimestre de internado maquinando estrategias para ligar con los chicos que nos gustaban en aquél momento, que cambiaban con sorprendente rapidez y a veces eran más de uno. Salvo en el caso de Alicia que siempre era uno sólo y el mismo: su primo. El primo estaba bueno por dos razones de peso: porque a los 20 años no hay chico feo y porque cuando eres chica y tienes 17 años te gustan todos, excepto, insisto, a Alicia, que sólo le gustaba su primo.

Bien, pues pareciéndonos que el primo estaba bueno, todas las amigas éramos absolutamente leales con ella, a pesar de que el susodicho era un picaflores y tenía a gala ligar, o al menos intentarlo, con cualquier chica que se le cruzaba. Con el grupo de amigas lo había intentado repetidamente con todas excepto con Alicia, a la que, al parecer, veía sólo como la prima boba del colegio de monjas.

Pues bien, en una de aquellas vacaciones Alicia supo que su primo estaba en la casa que la familia tenía en la sierra e ideó una estratagema para que fuéramos ambas al chalet, supuestamente a estudiar. Nuestras respectivas familias se tragaron la historia y nos dieron el permiso para pasar el fin de semana en la sierra.

Allá que nos dirigimos las dos con cuatro libros para disimular y vestiditos como para animar a un regimiento. Tomamos el tren, nerviosas perdidas, llegamos al pueblo, enfilamos la casa, abrimos la puerta, subimos disparadas a las habitaciones, dejamos los bolsos y, cuando nos disponíamos a ir en busca del primo, oímos ruido en una de las habitaciones. Allí nos dirigimos, pensando que estaba el primo. Y, efectivamente, estaba…

Estaba en la cama, con Monique. La tal Monique era una francesita que hacía intercambio con alguna chica de la familia. Una niña española pasaba un mes en casa de una familia de Francia y, a la recíproca, la niña de esa familia francesa devolvía la visita en casa de la familia española. Al parecer, el primo estaba en trance de reclamar su plusvalía del intercambio cultural.

Alicia y yo salimos de la habitación queriéndonos esconder en las antípodas. Pero al ratito la parejita vino a saludarnos como si acabáramos de encontrarnos en el bar. Lo peor de todo es que, en aquella tesitura, no nos quedó más remedio que pasar el fin de semana estudiando, de donde concluimos que mentir era una opción de riesgo.

Mi amiga siguió enamorada como una becerra de su primo durante mucho tiempo más, hasta que la historia acabó de muy mala manera. Pero yo cogí cierta inquina a las Monique que venían a levantarse a los primos nacionales con artimañas que nosotras tardaríamos en descubrir.

Cuando, mucho tiempo después, tuve algún pretendiente francés supe que la cosa no iba a prosperar. Por culpa de Monique, la muy arpía.

Recuerdo estas cosas mientras el grupo se decide a entrar en faena. En la calle hace un frío desalentador, que nos impone una reunión forzosa bajo techo. Los novios han quedado en incorporarse a la cena así que vamos pidiendo unas copas para entrar en ambiente.

5 comentarios:

Pilar dijo...

Las francesas, siempre más monas, mejor vestidas y muchísimo más modernas, o al menos eso nos parecía, en cualquier caso bastante más "sueltas", claro que cuando era al revés pasaba lo mismo, al otro lado de los pirineos "las españolas" con su raza, su pasión y su "algo" nos los llevábamos de calle.

Pero, avancemos, avancemos...

Respira, y sigue contando.

Besos

La de la tiza dijo...

Ay, Pilar, dichosa tú, yo no estuve nunca en ese "nos los llevábamos" de calle en Francia.

Uma dijo...

Pobre Alicia!! pero me encanta como cuentas las historias!! me he puesto en situación y lo he visto como si me hubiera pasado...
No te negaré que me gustan mas estos post qe los del misterio ni...es que yo la politica....sigue porfa...
Besos
PD: te deje un premio en mi blog

La de la tiza dijo...

Uma: ¡qué alegría encontrarte por aquí!
Gracias por tu regalito, guapa.

Cruela dijo...

Qué voy a decir yo que cuando llegué a España por primera vez decía siempre que por le mero hecho de ser rubia y guiri tenía a media discoteca en el bote, daba igual que fueras bizca o con 3 piernas sólo veían lo rubio y el acento gabacho...
ay lo que ligué
Besos