lunes, 24 de enero de 2011

Peticiones

Mi cuñada ha traído su libro: Manual de protocolo, relaciones públicas y comunicación. Un tocho como que fuera a opositar a notarías. Lo pone encima de la mesa. Se la ve más suelta que de costumbre. Domina el tema. Mo hojea el tocho.

- Muy profesional el profesor Dorado (autor del libro), comenta.

- Eso me ha parecido, corrobora mi cuñada.

Mi chico y yo no damos crédito. Mi cuñada es una individua de una especie rara: no sabe qué hace en la vida, nadie se lo ha explicado, nadie le ha pedido explicaciones tampoco y siempre encontró el camino allanado para que se dejara ir. No quiso estudiar, no ha querido trabajar y, en términos generales, huye de lo que suponga un cierto esfuerzo. Sospecho, aunque no lo diría en voz alta, que no ha tenido novio porque hubiera supuesto demasiado trajín: pensar en donde quedar, a donde ir, qué película ver, qué tomar, demasiado para su body.

Como ya tengo contado, no se le conocen más aficiones ni inclinaciones que las casas reales en general y la española en particular, sobre las que se informa vía Hola y a través de los libros de Pilar Urbano u otros intelectuales de parecida talla, como un tal Peñafiel. No obstante, tú la oyes hablar de Mette Marit, de la princesa Vitoria de Suecia y, sobre todo, de Leticia Ortiz y piensas que acaba de tomar el té con cualquiera de ellas. Para no mencionar el drama que vivimos cuando murió Lady Di, que no se nos puso de luto porque el negro no le sienta bien. Pero le lloró como si fuera de la familia.

Y ahí la tienes, discutiendo con Mo sobre cómo han de colocarse los invitados y el orden de preeminencia. Gigi la mira encantada.

Ignacio comenta con mi chico y con Charly algo relacionado con inversiones. Este hombre parece de piñón fijo: cualquiera que sea la ocasión acaba hablando de dinero. Yo estoy pensando cómo hincarle el diente al asunto de la petición de mano. Que a ver si ahora va a resultar que voy a ser yo más papista que el papa.

En esas estoy cuando Gigi se coloca a mi lado.

- A lo mejor te parece una bobada pero no sé si los chicos han pensado en la pedida, es una costumbre que a mí me parece bonita, me dice en un susurro, como si me hubiera leído el pensamiento.

La miro con ojos de sorpresa y ella interpreta el gesto como si me disgustara la idea.

- Sólo si no os parece mal, añade.

- No, no, yo también quería hablarte sobre ello, aunque quizá deberíamos esperar que estén también los chicos para conocer qué idea tienen, le propongo.

Ella respira aliviada. Seguro que pensaba que me iba a oponer. Pero el caso es que el anillo de la abuela es una joya de lo más adecuada para una petición de mano. Y ya que lo tengo, podemos darle un uso.

- ¿Habéis hablado ya de la petición de mano?, se nos incorpora Mamen como una apisonadora.

- Lo usual en esos casos es regalar una sortija a la novia y un reloj o una joya similar al novio, tercia mi cuñada.

- Estábamos comentando que quizá deberían estar los novios para conocer qué idea tienen, apunto tímidamente.

- Los novios ¿para qué?, oigo a Mamen.

- Mayormente, porque son los que se van a casar, respondo.

- Pues con casarse ya van cumplidos, para el resto estamos nosotras, concluye mi amiga que, puesta a salerosa, no tiene par.

Las demás parecen estar de acuerdo porque ninguna abre el pico hasta que Gigi, con esa vocecita cantarina de niña buena que se ha labrado, nos cuenta lo que significa una petición de mano.

- Diréis que soy una clásica pero para mí, la pedida es como la antesala del matrimonio y, sin petición parece que el enlace queda incompleto. Yo recuerdo aún mi petición de mano...

Nos cuenta cómo fue el jolgorio aquel, quienes asistieron - los duques de Alba, entre otros - cómo vistieron – de gran gala - , lo que bailaron – a los acordes de una orquesta contratada ex profeso -, los regalos que se intercambiaron – ella un reloj de oro a Ignacio, él una gargantilla de brillantes a ella –.

Mamen dice que ella celebró la petición cuando se casó con Polín pero que no se regalaron nada.

- A mí no me gustan las joyas y Polín no sabía en el día que vivía, menos iba a necesitar relojes, eso que nos ahorramos. Además, nos pilló en la fase hippy total, nos importaban muy poco los usos sociales, asegura.

- A mí nunca me han pedido nada, ni la mano ni el pie, dice mi cuñada.

- Eso que has ganado, le consuela Mo. Porque convendréis conmigo que no deja de ser machista a más no poder que llegue un hombre y diga a los padres, que vengo a pedirles que me den la hija. Vamos, en estos tiempos andarse con tonterías semejantes. Os lo digo en serio, a mí me viene un tío con esas pretensiones y le largo no os digo dónde para que no se me escandalice Gigi.

- Qué cosas dices, Mo, responde la aludida, medio escandalizada ya.

Mientras hablan, yo hago memoria de cuántas veces han pedido mi mano. Tres, en total.

La primera vez tenía yo 17 años. En el verano había ligado con un tipo diez años mayor que yo y lo que en un principio tenía el morbillo de un tipo maduro, con la carrera terminada y labia por un tubo, con el que podía fardar delante de mis amigas, enseguida se había convertido en una pesadez. Andaba yo ideando el modo de quitármelo de encima cuando se me declaró formalmente, o sea, el típico ¿quieres casarte conmigo?

No, no quiero, le dije. ¿Para qué andarsme por las ramas? Y le di las razones:

- Porque soy muy joven.
- Porque quiero estudiar y ni siquiera he terminado preu.
- Porque no le encuentro ninguna ventaja al matrimonio.

Me callé una cuarta por no herir su sensibilidad: Porque no quiero ser la señora de Puertas (¿adentro?, ¿afuera?).

El pollo, que se tenía un poco creído que era un buen partido, me dio una semana de plazo para pensármelo. Me pareció una idea excelente porque dos días después tenía que volver al internado y, en consecuencia, pensaba que no tendría ocasión de volver a verlo puesto que en mi colegio sólo estaban permitidas las visitas de familiares en primer grado, nada de amigos y, muchísimo menos, novios.

Volví al colegio, conté a mis amigas la historia del novio mayor, fardé cuanto pude y me dispuse a dar carpetazo al affaire. Pero, al domingo siguiente, a primera hora me reclaman para una visita familiar. Bajo al salón y allí que me encuentro al Puertas, trajeado y en plan señor formal. Con esa pinta se había presentado a la monja portera, le había contado la milonga de que era primo mío, que estaba de paso en Madrid y quería saludarme y darme un regalo de la familia. La monja se tragó la historia.

El regalo venía en una cajita muy bien envuelta y era, ¡exactamente!, una sortija. No un joyón, pero sí una cosa apañadita. Yo, que tenía clara la respuesta que iba a darle con joyones o sin ellos, hice ademán de devolverlo pero él rechazó el paquete con un gesto displicente. Como diciendo ¿qué es eso para mí?

Entonces me recordó la pregunta que ya había respondido y yo le repetí el no.

- Pero podemos seguir siendo amigos, propuse, por salvar la cara y pasar el trago.

- No puedo aceptar ser ministro sin cartera donde he pensado que podía ser jefe de gobierno, me respondió. Lo que vino a corroborar mi sospecha de que el peticionario lo que quería era ampliar sus pertenencias con una mujer como podía haberse comprado un coche.

Dicho lo cual, se despidió muy dignamente y se fue dejándome con la caja en la mano. Nunca me he puesto la sortija, temo que me dé mal fario.

La segunda vez fue el ex. Se trataba también de un trámite familiar, una forma de encontrarse ambas familias y arreglar los asuntos de la boda. Yo le regalé un reloj, una cosita decente, y él me regaló un perro. Un setter irlandés que le gustaba a él. El detalle debía haber sido suficiente como advertencia y, de haber sido un poco menos tonta de lo que yo era, debería haberme empujado a salir por pies. Pero no lo hice. El pobre perro nunca llegó a poner las patas en mi casa, se quedó en la de los padres del ex hasta que un día desapareció. No recuerdo si antes o después de que yo hubiera descubierto mi error, qué gran error, como luego expresaría el ínclito de la Cierva.

La tercera vez, la única verdadera porque ambos caminábamos en la misma dirección, lo hizo mi chico. Un día, cuando llevábamos años viviendo juntos, nos llevó a comer al Heredero y a mí a un restaurante y le contó que pensábamos casarnos.

- Pues muy bien, dijo el Heredero, con su proverbial romanticismo.

Me regaló una sortija con un brillante y un granate. Nunca me la he quitado desde ese día. Yo no le regalé nada. Ni falta que hacía.

7 comentarios:

Pilar dijo...

Desde luego, se quedaba con la joya de la casa ;)

Esto pinta bien, tu cuñada disfrutando y Mo contenida, Gigi ilusionada, Mamen encantada y tú, casi pareces ya convencida de que ya que vamos, pues con todo.

Besos

ODRY dijo...

Que profesionales!
Me estoy quedando pasma, con protocolo y todo, esta boda promete y se nos va a hacer larga la espera, menos mal que ya nos vas poniendo al día de los preparativos.

Un besazo.

Cruela dijo...

yo soy como tu cuñada nadie me ha pedido nunca nada, pero sí que tuve novios eh?¿ mi C es anti boda por eso de que todos los miembros de su familia se divorciaron, si hasta sus abuelos se separaron, mi ex novio seguro que lo hubiese hecho de no ser porque sabía que le había a decir que no...
por el resto cómo disfruto con esa boda
besos

BET dijo...

A mi tampoco me han pedido nunca nada será por que tuve pocos novios formales.

Bueno veo que cada uno a su manera va aportando lo suyo, sigue contando que estamos todas espectantes jejeje

¡Besos!

Tita dijo...

¡Qué gloria leer tanto del tirón!

Más, más ¡besitos!

pseudosocióloga dijo...

¡Ah!Ya voy pillándolo, esto es como un culebrón.....y leerlo de atrás hacia adelante me lo ha hecho un poco más difícil, nada que mis ansias de cotilleo no superen.

Janette dijo...

Esto me hace pensar que lo mejor que me dejó mi ex son dos relojes Gucci divinos, menos mal... asi siento que no perdi tanto el tiempo mientras estuve con el, realmente