sábado, 1 de enero de 2011

Nochevieja en el pueblo

Comemos en el patio al calorcillo de las brasas en las que se han asado las chuletas y en las que aún humea una morcilla y un trozo de careta adobada.

- Vergüenza me daría a mí ofrecer un resto recalentado, reprocha mi suegro, uno de cuyos entretenimientos predilectos es discutir con su hijo.

- Y a mí, responde mi chico, desentendiéndose de la gresca que anda buscando su padre, pero da la casualidad de que no es recalentado, es la morcilla y el tocino que ha traído tu hija, que lo sepas.

Mi cuñada, que suele atizar ese entretenimiento como la adolescente que no es, mira con ojos de pava en vísperas navideñas.

- No sé si se lo va a comer alguien, digo yo, medio minuto antes de que Ignacio se agache sobre las parrillas.

- Esta morcilla está hablándome directamente a los ojos y me dice: cómeme, Ignacio, cómeme, vocea el padre vasco.

A esas horas el patio de la casa está lleno otra vez. Cada cual ha ido trayendo lo que tenía en su casa y, en vez de comer tranquilamente, sentados y calentitos, estamos todos pegados a la fogata, tratando de sostener el trozo de torta y la chuleta y sin perder de vista el porrón o el vaso de vinillo de la cosecha del suegro.

El finde se ha puesto helador y amenaza nieve. Los hombres han echado mano de sus zamarras de caza; mi chico entra y sale varias veces de casa buscando prendas de abrigo para repartir, bufandas, gorros. Mamen y yo hemos apañado en un armario dos forros polares que en algún momento debieron ser del Heredero sobre los cuales nos hemos echado ella un plumas de cuando mi cuñada era jovencita y yo un tabardo de mi suegro con el que debió celebrar el final de la guerra.

- Soy la chica Michelín, desfila ella, incapaz de perder una ocasión de lucimiento.

Poco después vuelven Gigi y mi cuñada con sus respectivos abrigos de visón relucientes, guantes de piel de cabritilla y Gigi con un gorrito haciendo juego con el abrigo.

- Si salta una chispa os va a dar un disgusto, advierte mi chico.

- El abrigo es viejo… - responde Gigi - de la temporada pasada.

- Avisadas estáis, insiste mi chico, luego no me vengáis llorando. Y les pone otra chuleta sobre el trozo de torta.

- Lo mejor para combatir el frío es estar bien comido y bien bebido, explica mi suegro.

Todos le hacemos caso, incluso Gigi. Cuando mi chico reparte de nuevo pedazos de torta ella, que tiene las manos ocupadas con pan y morcilla, se coloca la torta de aceite bajo el brazo, con el visoncito puesto.

Allí mismo servimos café para todos, en el que mojamos rosquillas y pastas. Yo me siento como una boa que acabara de comerse un buey y los demás, por un estilo. Mi chico propone dar una vuelta por el campo para facilitar la digestión y aceptamos todos menos mi cuñada.

- Me quedo a limpiar la caza, dice, pero yo sé que su hora de la siesta es sagrada.

El pueblo está en la pura meseta, con un regato al que llaman pomposamente “el río”, así que la producción es casi toda de secano, cereal y girasol, principalmente. Las tierras acaban de pasar la sembradura y aparecen desnudas en este diciembre recién estrenado. Mi suegro, que quiere a sus tierras como si fueran de la familia y conoce cada una de sus fanegas mejor que su propio rostro, presenta sus campos a nuestros invitados y va contando cuánto producen, dónde estaban las fuentes antes de la concentración parcelaria, lo que le costó cada tierra, a quién se la compró.

- La tierra de Borros me la vendió el pobre Lucio, que en paz descanse. Y ha habido años que la he sacado casi 6.000 kilos por hectárea, explica.

- ¿La media en esta zona no está en los 3.500 kilos?, pregunta el Heredero.

- En la zona la media será la que sea pero en mis tierras en años buenos yo he sacado más de 5.000 y en la de Borros, 6.000, insiste. Pero luego éste – mi chico – se va a Madrid, que ya me dirás que se le ha perdido allí, y las tierras notan cuando las hace el amo de cuando las hace un extraño.

- Pues cualquier día te reclamo lo mío y en la tierra del río pongo una huerta ecológica, contesta mi chico y yo interpreto que lo que quiere es zanjar el asunto.

Pero Ignacio retoma el hilo y pregunta a mi suegro a cuánto le vendería la hectárea.

- A nada, porque no quiero vender, responde aquél.

- Pero si vendieras, ¿cuánto me pedirías?, insiste el santo padre.

- Yo soy más partidario de comprar que de vender, se resiste mi suegro, y lo último, lo pagué a casi dos millones de pesetas. Una tierra superior, eso sí.

- Pues te doy ahora mismo 18.000 euros por cada hectárea que quieras venderme, propone Ignacio.

- Luego dices que tu vino no se sube a la cabeza, tercia mi chico, a Ignacio se le ha puesto de punta.

- No te ofendas, pero yo no vendo nada ni por tres ni por seis, cuando yo falte, éstos – mi chico y cuñada, se supone - que hagan lo que quieran, concluye mi suegro.

Nos hemos parado en la linde y estamos todos pendientes del diálogo entre Ignacio y mi suegro. En un momento, me parece observar una mirada de entendimiento entre el Heredero, la Miss y el padre vasco con mi chico, que atribuyo a complicidad ante la agudeza y el ingenio de mi suegro. Ni por un momento se me ocurre que estén hablando de otra cosa hasta que Mamen comenta a mi lado.

- ¿No es mucha casualidad que a todos, incluso a tu chico, les haya dado de repente por lo ecológico?

- ¿Qué quieres decir?, pregunto.

- Que éstos se traen algo entre manos y tú y yo estamos in albis.

- Deberíamos ir volviendo si no queremos que se nos eche la noche encima, advierte mi suegro.

Efectivamente, cuando entramos en casa ya están encendidas las luces de la calle. Encima de la mesa de la cocina siguen las perdices tal cual se quedaron hace horas, mientras mi cuñada lucha con la piel de la liebre.

No nos ha dado tiempo a sentarnos cuando llaman a la puerta. Begoña y Jesús vienen a invitarnos a picar algo en su bodega.

- Yo no puedo comer una miga más y beber, ni agua, respondo.

- Bueno, pues venís y pasamos un rato.

Y allá que nos vamos todos. La bodega de Begoña es grande y está acondicionada que no le falta un detalle.

Nos acomodamos rápidamente y seguimos la cháchara. Alguien habla de cómo se celebraban las fiestas en el pueblo.

- En navidad nos juntábamos todos en la plaza, tocábamos la zambomba y las panderetas tirábamos petardos y bailábamos aunque cayeran chuzos de punta, recuerda Maite.

- Eso era cuando todas las casas estaban abiertas, no como ahora, que en invierno no queda un alma, explica Begoña.

- Tendríamos que repetirlo, algún año podíamos quedar todos a pasar la Nochevieja como entonces, propone mi chico.

Y a lo tonto, a lo tonto, nos vamos enredando. Mi suegro se ofrece a venir varios días antes para que la casa esté caldeada, Dani le secunda en el ofrecimiento. Mamen se apunta desde ya.

- Nosotros pensábamos esperar el año nuevo en Canarias pero mucho mejor aquí, dice.

- Este pueblo es muy divertido, añade Gigi mirando a Ignacio.

- No veas cómo, corrobora el Heredero y mira a la Miss.

- Nosotros también nos apuntamos, dice ella.

- Y nosotros, si nos aceptáis, oigo decir a Ignacio.

- Congelamos las perdices y la liebre y ya tenemos resuelta la cena, me ofrece mi cuñada.

A la vuelta en Madrid el ordenador de mi chico se pone a lanzar mensajes a todas las direcciones de correo electrónico que se conoce, mientras el teléfono de casa y el de sus colegas del pueblo se ponen al rojo vivo.
Consigna: Nochevieja en el pueblo.

5 comentarios:

Tita dijo...

Pues ¡hala!

Ya estás tardando, que últimamente escribes los post muy muy cortitos, hija.

Así que no me dejes con la miel en los labios, que estoy muy embarazada, muy ñoña y muy exigente jajajajaja

Besos

Uma dijo...

Y como acabó?? tiene buena pinta!! me encanta como lo cuentas!
quiero ya la segunda parte!!
besos

Pilar dijo...

Tiza, esto se pone algo más misterioso, no dejeis de investigar pa' qué quiere el Heredero tanto pueblo.

Y empieza gustarme mucho más Gigi, así se lleva un visón, como el que lleva cualquier otra cosa, que básicamente abriga.

Besos mil.

Valdomicer dijo...

A tu suegro lo conozco yo (me refiero al tipo de persona); pero con más interjecciones en el discurso.
En los muchos años que viví en el pueblo me ha hecho conocer bien el arquetipo. Hasta le tengo puesta cara.

ODRY dijo...

Nena me quedo con ganas de más, sí soy una cotilla, no tengo remedio, pero es que últimamente me tienes enganchada, entre pueblos y suegros, chica es un sin vivir en mi.

Un besazo.