miércoles, 2 de marzo de 2011

Paris, oh, la, la

Yo, no sé si lo he dejado suficientemente claro hasta ahora, quiero mucho a mi chico. Pero mucho, no una cosa de andar por casa, no, una cosa ¿cómo diría? Como en las películas.

En realidad, durante muchos años, creí que eso de enamorarse era un asunto más bien literario, algo que ocurría en las novelas y en las películas. Porque yo soy bastante peliculera. Desde pequeña. La razón es que en mi infancia no había televisión y los padres nos mandaban al cine una vez por semana, a las sesiones infantiles de los domingos por la tarde.

Creo que no exagero si afirmo que me he visto el catálogo completo de las pelis del oeste, lo que los cinéfilos llaman western para demostrar que saben inglés. Echa cuentas, una por domingo durante diez años, salen al menos 500. Sin contar las fiestas.

A lo que iba. Hasta que cumplí los 40 (años, se entiende) creí que el amor era lo que pasaba en las pelis. Como soy más bien cartesiana, peliculera pero cartesiana, lo uno no quita lo otro, daba por sentado que el romance era un ingrediente imprescindible para que la película quedara redonda y nunca se me ocurrió que tuviera que trasladarlo al plano de lo real y menos aún a mi vida.

En el cine de entonces las pelis se regían por unas reglas fijas, a saber, el bueno siempre gana y la chica se lleva al chico (puede sufrir durante 89 minutos pero en el 90 llega el beso de tornillo, un segundo antes de que aparezca en la pantalla el “The end”).

Con esto no quiero decir que yo no hubiera tenido algún que otro rollete, incluso algún rollo serio. Por tener, tenía hasta un hijo. Pero en materia de sentimientos, siempre creía que eran niveles diferentes a lo del cine. Hasta que apareció mi chico.

He de aclarar dos cosas:
a.- que yo había jurado por todos mis antepasados hasta llegar a los iberos que no quería saber nada de novios y era absolutamente sincera.
b.- que él pertenece a la especie de los que parece que no han roto un plato en su vida.

A mí también me la dio. Con esas trazas, se fue metiendo poco a poco primero en mi afecto, luego en mi casa y, cuando me quise dar cuenta, era irremediable. Descubrí que lo del cine a veces pasaba en la vida y esta vez me había tocado a mí. Me había enamorado como una becerra. Afortunadamente, a él le había pasado lo mismo. Y ahí estamos.

Valga el preámbulo para aclarar que yo, a veces, puedo ponerme un poco borrica con mis cosas, pero con tiento. Que hay cosas con las que no se juega. Y yo, lo reitero, a mi chico no sólo le quiero mucho, sino que le tengo en mucha estima. O sea, si alguna vez me voy de la lengua donde una no debe ir, en cuanto puedo recojo velas.

Así que después del speech que conté ayer, esta mañana me he levantado dispuesta a seguir una doble estrategia. Por un lado, dejarle claro que la bronca no iba con él, sino con el matrimonio en general y la boda en particular, no vayamos a tener un disgusto a lo tonto. Por otro, mantenerme sentidita, no vaya a quedar yo como doña caprichos.

Mi chico, por su parte, se ha levantado como si nada, que es una táctica que él se tiene también muy trabajada y que debe ser la buena pero que a mi suele sacarme de quicio, ya explicaré por qué si surge ocasión en otro momento. Hoy, no. Hoy he decidido que el malhumor no conduce a ninguna parte y que tengo que darle otra vuelta a lo de la boda que, después de todo, el que quiera peces, pues eso.

Nos hemos ido a trabajar ambos y, a la hora de la comida, pongo la mesa con un poco más de esmero, le preparo unas alubias con almejas que sé que le gustan y le regalo una sonrisa profidén.

Nos sentamos a comer y me dice:

- He pensado que para dar la vuelta al mundo sería preferible disponer de más tiempo y ahorrar un poco, pero para un viajecito nos vale este fin de semana.

Y, con un gesto así, como de pistolero del oeste, se echa mano al bolsillo del pantalón y saca un papel doblado. Lo abre con toda su parsimonia – qué cachaza tiene, madrededios – y me lo da.

Yo, que sin gafas no veo ni los titulares de la primera del periódico, echo mano de ellas, pero él se me adelanta.

- He reservado vuelo y hotel para París…

En resumen, que adios muy buenas hasta el lunes.

6 comentarios:

Uma dijo...

Bueno bueno bueno!!
que sol!! me muero de la envidia!!!
¿y tu como te has quedado?? derretidita que lo se yo!! y París...oh la la!!
pasatelo genial!!

Tita dijo...

¡Ostrááás! (así, superacentuado en la AAAAAAAAAAA)

Aparte de lo romántico de tu descripción, que me encanta cuando los descreidos encuentran el amor y les brillan los ojos ya para siempre...pues eso, que aparte de lo bien que lo has expresado, si me viene el santo con un papelito así, después de ser yo la bruja piruja (sí, tú, bruja) ¡le hago otra hija!

¡Seguid tan felices!

Pilar dijo...

Felicidades, y no lo digo por el viaje (que la envidia me pone verde y no me favorece nada) sino por él.

No siempre la vida te da lo que mereces, pero a veces sí!!!!!

besos

Cruela dijo...

y doy fe que no exageras nada
lo vi en vuestros ojos
besos

ODRY dijo...

Doy fé de el amor que hay entre vosotros, doy fé de lo buenísimas personas que soys los dos, aunque tú carácter sea más vivo, doy fé de que soys dos personas, entrañables, encantadoras y sorprendentes y lo más importante, el tiempo que comparti con vosotros no deje de aprender un millón de cosas, por que aunque no lo parezca, por que ando como un cencerro, como decía mi cuñada.
Nena eres muy observadora.

Un besazo que me muero de la envidia.

Valdomicer dijo...

Mándanos una postal.