martes, 31 de enero de 2012

El cachorrólogo

¡Qué susto hemos tenido este fin de semana! No sé si aún me he repuesto. Les aviso desde ya: no estoy para estos trotes.

El programa empezó cuando oí por el teléfono que a la comida del sábado se apuntaban los habituales y los santos padres vascos. (Luego no me digan que me quejo de vicio, es que en cuanto amanece el sábado esta casa es una sucursal del Mercado de San Miguel: todos los conocidos vienen a hacer catas de productos comestibles y bebestibles).

Vinieron a comer, efectivamente. Un cocido madrileño, que es el plato favorito de Ignacio.

- Ay, Ignacio, no sé cómo puedes hacer la digestión de tanta grasa, le dice Gigi con expresión en la que se mezclan la admiración por el aguante de su humano y la repugnancia por la ordinariez de la pitanza.

- Las verdurillas le quitan la grasa, se justifica mi humana –que se ha pasado la mañana en la cocina- y además los ingredientes son naturales y ecológicos.

Esa es otra manía que les ha entrado. Lo ecológico. En esta casa no se come nada que no tenga certificado medioambiental. Para que la niña se críe sana, dicen. A la única que se le permite algún exceso es a mí, que me como mis potingues.

- He comprado los potingues de tu gata, paté de pescado, para que luego digas, se pavonea mi humana las pocas veces que se acuerda de mi comida.

Así que soy la excepción. Aquí, desde los huevos que comen al jabón con el que se lavan, pasando por las sábanas en las que duermen, todo es ecológico. Es una manía, claro, pero también es una cosa de negocios. La Miss y el Heredero han montado una empresa rural, pero de eso ya les hablaré en otro momento que si no, me disperso.

Les contaba lo del sábado. La comida había empezado suave porque mi humano alfa había avisado de que no quería discusiones. Y mi humana, otra cosa no sé pero lo que dice él va a misa. Así que estuvo comedida. Mi humano había advertido también a Mamen de que tratara con mesura a los santos padres y ella había dicho que vale. No sé si Ignacio había avisado a Gigi pero ella se pasó la comida cantando las excelencias de su niña.

- La pobre es tan sufrida, nunca se queja de nada, y miraba a la preñadita con cara de aflicción.

- Mujer, que el embarazo no es una enfermedad y ella está muy bien, no tiene por qué quejarse, responde mi humana.

- No será una enfermedad pero no sabes lo que es cargar con un peso de casi tres kilos sobre los riñones 24 horas al día, tercia el Heredero.

- No, no lo sé, a ti te trajo MRW en una caja de cartón, no sé si te acuerdas, responde mi humana.

- Ay, tan joven y en estos trances, suspira Gigi.

- Mamá, que cuando tú tenías mi edad yo ya había hecho la comunión, arguye la Miss.

Y en esto que Gigi se pone a llorar.

- Ay, mi niña, por dios, mi niña, verla así, repetía entre gemidos.

- Verla, ¿cómo?, preguntó el Heredero.

- Dejadla, dejadla que llore, a ver si así se le pasa, suspiró Ignacio.

- ¿Qué es lo que se le tiene que pasar?, preguntó a su vez la Miss.

-  ¡La tontería! Eso es lo que se le tendría que pasar, pero no hay miedo, se le ha quedado crónica ¿No os habíais dado cuenta de que cada vez está más tonta?, bramó Ignacio, que hasta yo misma me asuste, y mira que a mí las cosas de los humanos ya no me impresionan.

- ¡Papá, por dios, no digas esas cosas horribles a mamá!, se quejó la Miss.

- Ignacio, ¿te sirvo un coñac?, intentó terciar el Heredero.

- Eso, que se emborrache, respondió Gigi, aumentando el tono de sus sollozos.

- ¿Yo me emborracho? ¿Soy yo el que se emborracha? Lo que me faltaba por oir. ¡Vamos, hombre!, repetía Ignacio.

Mis humanos, Mamen y Charly se habían quedado mudos y quietos, como de escayola.

A todo esto, Gigi lloraba como si la estuvieran apaleando, Ignacio preguntaba a voz encuello si alguien le había visto a él borracho, el Heredero abrazaba a la Miss que se había puesto a llorar.

- Ya, ya, ya, repetía mientras la acunaba. 

De pronto, la Miss empezó a berrear:

- ¡¡¡¡¡¡¡Ayyyyy, ayyyyy, ayyyy, ay, ay, ay, yyyy!!!!!!

El Heredero se levantó de un salto. Ignacio se sentó de golpe. Gigi se calló de repente. Mis humanos se acercaron a la preñadita.

- ¿Qué ha pasado?, preguntaron al alimón.

- Me duele la niña, se quejaba la Miss, entre lágrimas, sollozos y mocos. (No sé si debería contarlo, pero es que se le caía el moquillo).

- Vamos a urgencias ahora mismo, propuso el Heredero.

- No, a urgencias, no, se resistía la Miss.

- Ay, mi niña, que se me va, ay, mi niña, otra vez se puso a llorar Gigi.

Mi humana se volvió a ella y, muy seria –no enfadada, seria- le dijo:

- En tu casa, lloras y gritas lo que quieras, pero ahora mismo, te estás callada.

Gigi la miró con ojos de susto, pero se quedó muda.

- Mejor que no se mueva y el médico venga a verla, propuso Ignacio. Acto seguido, marcó un número en su móvil.

- Paco, que la niña se ha puesto mala, sería bueno que vinieras a verla, ordenó. Luego, le dio la dirección de esta casa y colgó.

Mi humana llevó a la Miss a la cama. Era cosa de ver la procesión. La Miss agarrándose la tripa como que se le fuera a caer, mi humana llevándola abrazada por la cintura. Mamen y Gigi detrás, como almas en pena. En el salón, los hombres de la tribu. El Heredero con el ceño fruncido, Charly como atornillado a la silla, Ignacio fumando como una olla express, mi humano sentado, quieto, raro en él. 

El cachorrólogo era amigo de los santos padres. Llegó, se metió en la habitación con la Miss y mi humana y cerró la puerta. Auscultó a la preñadita, que hacía rato había dejado de llorar pero no de quejarse.

- ¿Dónde te duele?, le preguntó.

- Aquí, señalaba la Miss el estómago.

- ¿Qué has comido?

- Cocido, respondió mi humana.

- Conozco dietas más adecuadas para una embarazada, pero dudo que unos garbanzos ni siquiera el tocino, aceleren un parto, dijo el hombre. 

- Me he disgustado un poco, confesó la Miss haciendo pucheros.

- ¿Qué puede disgustar a una mujer como tú, que tienes todos los vientos a favor?, se interesó el cachorrólogo, cariñoso.

La Miss volvió a llorar como una magdalena.

- Una pequeña discusión de Ignacio y Gigi, justificó mi humana.

- Bueno, pues o mucho me equivoco o aún te quedan por lo menos quince días para dar a luz. Tómate una infusión mitad tila, mitad manzanilla, descansa y nada de lloros. Y a tus padres, déjalos que ya van siendo mayores para que se arreglen por sí mismos, concluyó el médico.

Después del sofocón, los invitados se fueron pronto. Todos, incluso Mamen y Charly, que siempre se rezagan.

Cuando se quedan solos, mi humana comenta:

- A mí me dices esas cosas, en ese tono y delante de todo el mundo y no cenas en esta casa, fíjate bien lo que te digo.

- No, si yo pensaba tomar sólo un vaso de leche, que no sé si he hecho la digestión de la comida, responde mi humano, por si acaso.

4 comentarios:

Cruela dijo...

Menos mal que no pasó nada... Gigi va a ser la abuela más ñoña de toda la humanidad, pobre cría
Que la den
Besos

Uma dijo...

pues vaya forma de zanjar problemas que gasta la miss! pero bueno con esos padres y esos conflictos no me extraña!
Me alegro de que todo fuera bien!
Besos

Tita dijo...

¡Qué barbaridad! Este Ignacio me está cayendo un poco gordo...

Yo que tú me restregaba bien contra él a la que le veas jersey bueno, y que se le queden tus pelillos, Poe...

ODRY dijo...

La idea de Tita es muy buena Poe, yo que tu lo llevaba a la práctica.
algunas abuelas, son un poco insoportables, ja ja ja

Un besote.