martes, 28 de diciembre de 2010

De etiqueta

La primera jornada en el pueblo concluye en la bodega, como viene siendo costumbre. Empalmamos la sobremesa con la preparación de la cena, como es igualmente tradicional. ¿Qué otra cosa puede hacerse en un pueblo apenas habitado en un mes de diciembre cuando para salir a la calle hay que cobijarse bajo manta? Pues reunirse en las casas o, alternativamente, en las bodegas.

Encendemos la chimenea de la bodega y nos aposentamos tan ricamente. Al ratillo, van aflorando unos coloretes en las mejillas que da gloria vernos a todas. Mi chico se dispone a asar chorizos, morcillas y una careta de cerdo adobada que ha bajado mi suegro. Todo, en plan light, como se ve.

- Si tenemos que comer todo eso, más nos vale acompañar a los hombres a cazar mañana, dice Mamen.

- Yo, ni loca, respondo, prefiero fregar toda la casa de rodillas, si es imprescindible bajar grasa.

El humo de la chimenea hace el mismo efecto que facebook y twiter juntos y, al cabo de un rato, se va incorporando gente a la bodega. Los primos traen queso y unos botes de agujas de Santoña; otros amigos, que también han venido de Madrid a pasar el fin de semana, se presentan con una bandeja de croquetas; Vitorchu y su mujer, que acaban de llegar de Bilbao, traen varias botellas de cava para celebrar que a ella le han dado el alta, tras la operación de cáncer. Recibimos la noticia con aplausos.

- Si me emborracho me lleváis a casa y no me lo contéis, que creí que palmaba y ahora vengo muy suelta con la noticia, nos advierte.

Miguel Ángel trae un plato con pichones en aceite; Jesús y Begoña llegan con una bandeja de ensalada. Menos mal.

- Mañana vendrán también Sabi y Maite, porque Dani también viene a cazar, avisa Jesús.

Mi suegro se dedica a trasegar vino del fondo de la bodega a la mesa. A sus casi 90 años, su principal preocupación – al margen de los asuntos urbanísticos del pueblo – es que no falte vino en su bodega. Ya no lo elabora con sus propias uvas, como en sus años jóvenes, ahora lo compra a granel, lo guarda un tiempo en la barrica de madera y luego lo embotella cuidadosamente para que podamos disponer de vino en ocasiones como ésta. No sé cómo se las arregla pero realmente consigue un vinillo que pasa bien y no se sube a la cabeza.

Ignacio, entretanto, ha salido al coche y vuelve con varias botellas de vino de etiquetas de tronío. Mi suegro le advierte amable pero con autoridad:

- Eso déjalo para otra ocasión, en la bodega, mejor mi vino.

Observo que, en un primer momento, se desconcierta. Apuesto que hace años que nadie le da una orden con tal contundencia, pero enseguida entiende que el poderío de mi suegro emana de la edad y de que está en su territorio, como los lobos viejos.

- Vale, responde Ignacio, pues las guardamos en tu bodega para que se conserven como tu vino.

Noto que mi suegro se siente halagado, sospecho que porque un hombre que él considera importante deje sus vinos caros en su bodega. Y entonces se enzarzan en una letanía del tipo:

Mi suegro: No, hombre, esos vinos son demasiado buenos para dejarlos en la bodega, guárdalos y ya os los beberéis en una ocasión señalada.

Ignacio: Ninguna ocasión más señalada que ésta, en la que hemos venido a conocer a la que va a ser la familia de nuestra hija.

Mi suegro: Nosotros encantados, siempre que queráis ya sabéis donde tenéis vuestra casa.

Ignacio: Lo mismo te digo cuando vayas a San Sebastián (hace ademán de sacar la cartera para buscar una tarjeta).

Mi suegro: Yo ya no estoy para viajes. Al único sitio que quería ir era a Irún, que estuve cuando la mili, llevo años diciéndoselo a éstos (mi chico y yo) y ni caso que me hacen.

Ignacio: Hombre, eso se arregla rápidamente, te vienes con nosotros y te llevamos a que veas Irún a tus anchas.

Mi chico, que está enfrascado en los chorizos y la careta, oye las campanas al vuelo.

- No le hagas ni caso, que cuando le dices de ir de viaje se raja, empieza a decir pero, al levantarse del fuego, descubre las botellas. (Yo, sin gafas, acierto a ver dos etiquetas de Vega Sicilia Único, una Cirsion y otra que me parece algo así como Chateau Laffite).


- ¡Coño, eso son palabras mayores!, dice, muy sentidamente.

- Para echar unos vasos, contesta Ignacio con modestia (tiene que ser fingida, no es posible que le salga natural con esos vinos delante, me digo a mí misma).

- Esos vinos hay que tomarlos después de confesados, se oye a Charly.

- Dice tu padre que hoy se bebe su vino, así que los dejamos en la bodega para otra ocasión, propone Ignacio.

- Pero advierto que al que vea entrar en la bodega le pillo la mano con la puerta, amenaza mi suegro.

- ¿Cómo que la mano? Al que se acerque a la bodega le pillo el pito, echo el candado y ahí que le dejo, oigo decir a mi chico.

Todos nos reímos, incluso Gigi, que está roja como una amapola.

- Es por el calor, me dice, cuando la miro.

- Ya, le digo, lo mismo me pasa a mí.

5 comentarios:

Pilar dijo...

Buena madera tiene el consuegro, empiezo a entender a la Miss, no es de la madre de quien le ha salido esa inteligencia, o bueno, quizás Gigi con dos copas mejore.

(por cierto al Chateau Laffite me apunto, ;))

No te pares, besos

Valdomicer dijo...

¿Cómo se llama ese pueblo?.
Es más divertido que el mío.
También yo me apunto al Chateau Laffitte, al Único y al pitarra, si es preciso y, si hay que confesar, confieso hasta lo del parvulario.
Por cierto. ¿Hablas de una bodeguilla o del camarote de los hermanos Marx?

Cruela dijo...

Yo sé cómo se llama el pueblo... RE...venga que no lo digo si la tiza no lo dice yo ni mu.
Joder qué suegro... a mí el vino no me gusta así que conozco las etiquetas y intuyo lo que valen las botellas pero fijo que me entra mejor él de tu suegro que además me cae muy bien el hombre me recuerda a mi abuela, saben que sus años les engrandece y se lo merecen...
besos

Tita dijo...

¡Más, más!

Ellyllon dijo...

¡¡Qué pena no entender de vinos, carajo!!

Eso sí, de familias, amigos y chorizos a la lumbre sí... hummmmmm
Qué hambre me ha entrao!!!

Por favor, más!!!!! de historia, claro.

Un besooooooooooooooooo
Elly