lunes, 1 de noviembre de 2010

Una hora


Cuando yo era niña, la noche de Todos los Santos era una noche de magia. Los mayores contaban historias de difuntos mientras las campanas de la iglesia tocaban a duelo. Tam, tam, tam, tam…

Los niños nos dormíamos con el tañido de la campana acunando nuestras fantasías, que no eran necesariamente nuestros miedos.

Una de las historias que oí por entonces aseguraba que hay una hora en esa noche en la que nos es dada la posibilidad de comunicarnos con los difuntos si ellos tienen algo que decirnos.

Ya he vivido muchas noches de noviembre y nunca he sentido que nadie me diga nada desde el más allá ni a mí se me ha ocurrido qué podía decir que ellos no sepan ya. En cambio, cuántas veces he deseado esa hora mágica para comunicarme con los seres que quiero por encima de las palabras, de las miradas, de los gestos. Qué suerte si a los seres humanos nos fuera dada una hora al año, sólo una hora, para ponernos de acuerdo.

Ahí sí que tendría sentido la globalización.

4 comentarios:

Pilar dijo...

Una hora para hablar sin palabras, para mostrar el alma desnuda y comprobar como en realidad es muy poco lo que nos separa.
Tendremos que seguir buscándonos en la noche, para poder consolarnos, porque aunque lo parezca no estamos solos.

Uma dijo...

jolín!! que profundidades!! Nunca escuché esa historia, pero tienes razón en que sería más productivo tener una hora al año para comunicarnos entre lo vivos...

Tita dijo...

¡Qué bonito! ¿Te imaginas? Sería la hora más esperada, la fiesta más grande jamás contada. Los conflictos ya no tendrían sentido, sólo sería cuestión de paciencia y esperar a esa hora anual...

La de la tiza dijo...

Pilar: aunque lo parezca no estamos solos, deberíamos insistir en esa idea.
Uma: Eres demasiado joven, te quedan muchas historias por oir...
Tita: una alternativa sería buscar nuestra propia hora...