domingo, 15 de noviembre de 2009

Lo que vi

Estamos de efemérides. Acaban de cumplirse cinco años de la muerte de Yasir Arafat, quien soñó una Palestina libre e independiente.


Se cumplen hoy 21 años de la declaración de independencia que nunca ha pasado del papel a la realidad. Poco más que una declaración de buenas intenciones.


“En el contexto de su lucha por llevar la paz a una tierra de paz y amor, el Estado de Palestina pide a las Naciones Unidas que tienen una responsabilidad especial respecto del pueblo árabe palestino y su patria así como a los pueblos y Estados del mundo que aman la paz y valoran la libertad, que le ayuden a lograr sus objetivos, a poner fin a las dificultades de su pueblo y a velar por la seguridad y protección de ese pueblo y tratar de poner fin a la ocupación israelí del territorio de Palestina”.

Aquél “decimoquinto día de noviembre de 1988” se presentaba como “el umbral de una nueva era” pero la realidad es obstinada. Los palestinos están solos y abandonados a su suerte. Abandonados incluso por sus propios líderes, empeñados en luchar entre ellos. El partido Al Fatah, fundado por Arafat y, en teoría, el que gobierna sobre Cisjordania, lo que venimos llamando Palestina, anda a palos con los islamistas de Hamas, que gobiernan sobre la franja de Gaza. Un laberinto que ayuda a entender por qué la situación de Oriente Medio lleva tantos años pudriéndose.

Estas cosas de la alta política es el tipo de cosas a mi me interesan lo justo para estar informada y poco más. Pero el año pasado tuve la oportunidad de visitar Israel y los territorios ocupados. Y eso ha cambiado mi perspectiva. Los palestinos son un pueblo desgraciado. Fueron expulsados de su tierra, obligados a un éxodo permanente. Los más “afortunados”, refugiados en la Cisjordania y la franja de Gaza, con una apariencia de autogobierno, hostigados permanentemente por los asentamientos de colonos israelíes, constreñidos entre una frontera militar y un muro de hormigón.

La instalación de colonos no es un simple cambio de residencia. Requiere previamente el desalojo de los palestinos, que se realiza de forma expeditiva mediante excavadoras, derriban sus viviendas sin contemplaciones, o previa expropiación de las tierras. Una forma más de expolio. Porque los colonos judíos son los únicos ciudadanos con derechos garantizados – protegidos por una guardia pretoriana de militares israelíes y una nutrida fuerza policial - en los territorios ocupados donde, según reconoce Israel, hay cientos de asentamientos con más de 270.000 colonos.

En cuanto al muro, es una construcción de 700 kilómetros de hormigón, vallas y alambrada, levantada con el pretexto de evitar los ataques terroristas a Israel.



Ha sido declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia de Naciones Unidas. No coincide con ninguna frontera establecida. El 80% de su trazado se levanta en el territorio ocupado de la Cisjordania, rodea y protege más de 50 asentamientos de colonos, consolida la usurpación de tierras agrícolas, aisla medio centenar de pueblos y medio millón de palestinos ven cómo se añaden obstáculos a su ya difícil existencia.


Varios miles de ellos han sido confinados en campos de refugiados.



Que, contra lo que puede creerse, ni son campos ni ofrecen refugio. Son ciudades precarias en las que se han cercado a miles de personas privados de sus derechos de ciudadanía, infraciudades en las ya de por sí desabastecidas poblaciones palestinas. No pueden salir del recinto del campo, no pueden trabajar, no pueden trasladarse a otra ciudad sin permisos especiales del gobierno israelí, que raramente se conceden. Carecen de pasaporte, por lo que tampoco pueden viajar. Viven del subsidio internacional, dependen de Naciones Unidas. Así, desde hace décadas. Y cuando algo cambia es a peor.


La visita a los campos de refugiados es una experiencia amarga. La mayoría de los adultos se saben condenados y han perdido la esperanza, pero ¿Qué futuro les espera a los niños y niñas, a los jóvenes, ellos y ellas, de esos campos, de estas poblaciones? Impedidos de moverse para acudir a la escuela o para relacionarse – porque Israel ha instalado más de 500 puestos de control con el único propósito de dificultar cualquier movimiento interior e impedir la salida de los territorios ocupados - subsidiados por los organismos internacionales pero privados de cualquier expectativa personal, son fácil presa de los fundamentalismos y radicalismos de cualquier signo. Son capaces de inmolarse para combatir a un sistema que les ha condenado por el mero hecho de haber nacido palestino, que les hurta la mínima esperanza.

Los palestinos, decía, son un pueblo desgraciado que ha sido abandonado a su suerte. Por las grandes potencias y por los países vecinos, por los mismos árabes. Sus propios dirigentes han sido pasto de la corrupción, se han apropiado del dinero de la cooperación internacional. Les han robado la comida, la asistencia sanitaria, la educación.

Los palestinos, como la mayoría de los árabes, son muy hospitalarios y acogedores. Eran, además, los más laicos de entre sus vecinos, asunto éste que en los últimos años ha cambiado mucho, por el mal ejemplo de Fatal y la influencia de los partidos islamistas. Se aprecia sobre todo en el vestido de las mujeres, antes occidentalizado y hoy totalmente respetuoso con las normas tradicionales.



Hace solo cinco años que murió Arafat. Le sucedió en el gobierno Mahmud Abbas, que, harto del desamparo de las grandes potencias, incluída la América de Obama, harto de la invasión de asentamientos judíos en el corazón de las ciudades cisjordanas, ha anunciado que no se va a presentar a las próximas elecciones. El único candidato que podría sustituirle, Marwan Barguti, está en una cárcel judía, cumpliendo cinco cadenas perpetuas. Todo apunta a que Palestina se dirige al desastre.

En mi viaje a la zona, visité Ramallah, donde reside el gobierno.



Pensé que me encontraría una población en ruinas, pero no, es una ciudad con enorme movimiento comercial, bulliciosa, con buenos comercios, buenos restaurantes.




Y en la Mukata, donde estuvo la sede del gobierno de Arafat, tantas veces atacada por Israel, la tumba del lider desaparecido.




El aniversario de su muerte, ha traido a mi memoria algunos recuerdos de aquel viaje.


Recuerdo a la presidenta de la Cooperativa de Mujeres de Qhalandia, ciudad próxima a Ramallah, que confesó no haber tenido un día de paz en su vida. Recuerdo a Itzhak Frankental, judío, que una vez por semana responde desde una emisora de Jerusalén a las preguntas de quienes buscan una salida digna al conflicto. Es un hombre admirado y respetado que no teoriza.


Hace años tuvo que recibir el cadáver de su hijo Arik, de 15 años, muerto en esa confrontación que algunos se empeñan en perpetuar y otros pretenden parar definitiva y decentemente.



Recuerdo a Molly Malekar, presidenta de la asociación Bat Shalom, que significa Hijas de la paz, una organización feminista integrada por mujeres judías y palestinas que reclaman una mirada femenina del conflicto, trabajan juntas para alcanzar una paz real y una voz igual para mujeres judías y árabes en la sociedad israelí

Recuerdo a Samira Khoury, palestina, veterana activista por la paz, los derechos humanos y de género. Su militancia política le ha costado varios años de la cárcel. A pesar de lo cual, es una persona alegre, infatigable y animosa. Hace 50 años creó la Asociación de Mujeres Democráticas en Nazareth.

Recuerdo a los hombres y mujeres, judíos y palestinos, que trabajan cada día por la paz pero sé que son minoría.

De aquella visita guardo una pequeña pancarta que encontré en Sderot, en la frontera de Gaza, después de una manifestación en solidaridad con los soldados israelíes secuestrados por Hamas. La pancarta dice: "Tu indiferencia nos mata".


Es imposible permanecer indiferente después de conocer Palestina. Yo, sólo puedo contar lo que he visto. He visto un pueblo, el palestino, amenazado, perseguido, expoliado, empujado al límite de su resistencia, pero también otro pueblo, el israelí, deseoso de vivir en paz, de fronteras seguras. He conocido iniciativas, en ambos lados, que buscan un acuerdo de paz sobre la base de dos estados y fronteras seguras, respeto a los límites de 1967, retirada de los colonos de los territorios ocupados, liberación de presos palestinos – se calcula que hay cerca de 15.000 presos políticos y 800 presos administrativos – retorno de los refugiados y capitalidad compartida en Jerusalén. Y he observado obstáculos, una cadena interminable de obstáculos.

La evocación de aquel viaje, tan hermoso y tan emocionante, por otro lado, me empuja a hacer lo que único que está en mi mano: contar lo que ví.

2 comentarios:

Cruela dijo...

ufff
Qué bien post, realista e emocionante a la vez... Palestina la tierra prometida....
Es una vergüenza recuerda a los Saharaouis, olvidados por todos... y como dices lo peor es que nada hace presagiar que esto puede mejorar porque nadie parece tener los cojones para decir basta al estado israelí. tan bien asesorado por el lobby judío made USA... me entristece como dices que allí una población joven no tenga nada bueno a la vista, no espere nada, es claro así es fácil cruzar la delgada línea entre sobrevivir hasta morir o morir para no hacerlo de esta forma.
en fin has hecho lo que mejor sabes escribir y dejar tu testimonio
Besos

La de la tiza dijo...

Crue, este es un asunto sobre el que escribir o hablar me produce una sensación de pesadumbre. Guardo la pequeña pancarta y la siento como una acusación colectiva porque es verdad que lo que mata a los palestinos es nuestra indiferencia.